jueves, 7 de febrero de 2019

BETANCUR, EL HUMANISTA UNIVERSITARIO


Por Juan José García Posada

En el homenaje póstumo de la Universidad Pontificia Bolivariana a Belisario Betancur, el día 4 de febrero de 2019, aula magna de la UPB.


Cuando Belisario Betancur concluyó que el homo sapiens se extravió en América Latina dejó clara constancia de su vocación de resistencia como intelectual a las desviaciones de la política. El humanista formado en las disciplinas del espíritu y criado por las circunstancias adversas en la vida sencilla y austera, no podía congeniar, a pesar de la tentación del poder, con el cortoplacismo transaccional ni con las veleidades de la clase de los políticos.

Betancur personificó al escritor y al lector de todas las horas, al apasionado de las bellas artes, al propagador del pensamiento mediante los libros en ejercicio magistral de su condición de editor. Sus afinidades con el poder las aceptó con la condición ineludible de equipararlo al servicio de la transformación de la sociedad y convertirlo en instrumento de pedagogía para la convivencia ciudadana, la controversia civilizada y la construcción de la paz. Para él carecía de sentido la política despojada de contenido ético y de actitud autocrítica severa. Su devoción por el humanismo en las facetas más diversas la practicó, al infundírsela a su carácter de estadista, en una tensión continua, en una suerte de agonía unamuniana. Presentía, y se cumplió su intuición, que el arte de gobernar al final resultaría incompatible con el de predicar, enseñar y actuar en el día a día desde el universo de las ideas, las letras y las artes. Desde su universo de pensador, escritor y amigo de los cultores de las dedicaciones artísticas.

Su estructura moral e intelectual, adquirida en las dificultades de la infancia campesina que le marcaron el sello del estoicismo senequista y quijotesco, la fortaleció en las fuentes primordiales de cultura, la universidad y el periodismo. En la Bolivariana y a la luz del carisma fundacional de nuestra corporación universitaria inspirado en el humanismo cristiano (el Espíritu Bolivariano que redactó el primer Rector, Monseñor Sierra) afirmó su talante discursivo y su simpatía por una ética dialogal basada en la difícil aceptación del método de aproximación de los contrarios y sus diferencias, que más tarde pretendió convertir en proyecto de Estado. Y desde el grupo de juveniles prosistas y divulgadores en el que participó en El Colombiano y el naciente suplemento Generación, con la tutoría de Fernando Gómez Martínez y la coautoría de Otto Morales Benítez, su cordialísimo colega y antagonista político, y con Jaime Sanín Echeverri, Miguel Arbeláez Sarmiento y Rodrigo Arenas Betancur, estableció la relación entre los lectores de su tiempo y las corrientes que influían en la configuración del pensamiento moderno. Universidad y periodismo, dos entornos en los que Betancur conjugó los elementos necesarios para la constitución del humanista, del lector infatigable en busca de la verdad y las verdades de los libros y las noticias y columnas de opinión y ensayos, las discusiones académicas alentadas por maestros de filosofía, literatura, historia y derecho, del intelectual dotado de consistente basamento cultural, que deberían ser consustanciales al buen político dedicado a realizar la idea de bien común por encima de diferencias e intereses de categoría inferior.

La humanidad y las humanidades formaban la materia primordial del ideario de Betancur. Sin ellas le habría sido inconcebible la política. Sin la teoría no le habría sido aceptable la práctica. Fue a partir de la universidad y el periodismo como se acendró su carácter de intelectual. Desde Sócrates hasta Séneca y hasta los mentores del sistema occidental de educación superior en Bolonia, París y Salamanca hace ochocientos años, la universidad ha tenido como finalidad ética ser la casa común de una comunidad de personas que, tal como lo defiende Martha Nussbaum en El cultivo de la humanidad, desarrollen el pensamiento crítico, busquen la verdad más allá de las barreras de clase, género y nacionalidad y respeten la diversidad y el modo de ser y de pensar de los otros. Betancur encarnaba esos principios básicos que hizo propios en la universidad y el periodismo como fuentes de su espíritu conviviente, de su confiable vocación dialógica y de su inflexible defensa de la diferencia sin engañarse en la sustentación de un concepto sofístico de igualdad. De ahí que afirmara que “sólo el sentido de la autocrítica, por tradición ausente en la región (en América Latina), le puede permitir recuperar el sendero extraviado por marchar en pos de falsas ideologías”.

Al apropiarse de esa visión racional y axiológica, Betancur hizo de la reflexión filosófica una actividad rutinaria. Lo asocio con la recomendación de Pierre Hadot, el defensor de la llamada utilidad de lo inútil y de la cultura subestimada por el utilitarismo, en su luminoso libro de Ejercicios espirituales y filosofía antigua, apoyado en estos consejos de Georges Friedman en Poder y sabiduría: “¡Emprender el vuelo cada día! Al menos durante un momento, por breve que sea, mientras resulte intenso. Cada día debe practicarse un -ejercicio espiritual» -solo o en compañía de alguien que, por su parte, aspire a mejorar-. Ejercicios espirituales. Escapar del tiempo. Esforzarse por despojarse de sus pasiones, de sus vanidades, del prurito ruidoso que rodea al propio nombre (y que de cuando en cuando escuece como una enfermedad crónica). Huir de la maledicencia. Liberarse de toda pena u odio. Amar a todos los hombres libres. Eternizarnos al tiempo que nos dejamos atrás”. Tal es la experiencia que se vive cuando se establece mediante la lectura el diálogo con los interlocutores antepasados en el discurrir de la historia del pensamiento, diálogo como forma de vida que se proyecta a los próximos y contemporáneos.

¿Y por qué Belisario Betancur se sentía tan a gusto, más a gusto, en el entorno académico y en medio de la clase intelectual, entre los lectores exigentes, los apasionados por las ideas, las letras y las artes, los buscadores de verdad y sentido, los estudiosos de los antecesores en la historia del pensamiento y en cambio, en actitud que fue haciéndose en él más ostensible al compás de los años y tal vez de los desengaños, rehuía los temas y personajes anclados en la política habitual, degradada por la fuerza arrasadora de las malas costumbres, envilecida por el aferramiento visceral a los queridos viejos odios nacionales? Tal pregunta motiva una respuesta obvia, incontrastable: Porque ahí identificaba su hábitat. En los coloquios y tertulias y los encuentros con profesores, estudiantes, periodistas e intelectuales disfrutaba a sus anchas en su disciplinado cultivo habitual de la humanidad. Varias veces, cuando aquí en esta misma aula magna y en otros auditorios de la Universidad nos alistábamos para escucharlo como se escucha a un sabio maestro, para presenciar los espectáculos de esgrima verbal con su dilecto y amigable contradictor Otto Morales Benítez, anteponía la condición de que se eludieran las cuestiones de política de campanario para, mejor, afrontar el tratamiento unas veces serio y otras anecdótico y hasta jocoso de asuntos atemporales como la ética de Cervantes y sus discursos y consejos a Sancho, la mística arrobadora de Teresa de Ávila, la versatilidad de la poesía de Pombo, la presencia de lo regional universal en Carrasquilla o la conmoción sentimental que ocasionaba María, de Isaacs. En no pocas ocasiones me distinguió el expresidente con la aceptación de que moderara los coloquios que organizamos durante tres lustros en nuestro programa ¡Vive el Español! para el fomento del buen decir, el buen leer y el buen escribir aquí en la Universidad. No parecía fácil ajustar el uso del tiempo con el protagonista de semejante espectáculo de la inteligencia, aunque más de una vez guardó su texto escrito para publicarlo más tarde y prefirió improvisar su intervención, cauto como era en el acatamiento de las reglas generales, porque no se arrogaba ningún privilegio que pudiera restringirles el uso de la palabra a los demás conferenciantes.

Su crítica a la clase política la reiteró en diversos momentos y escenarios. En las campañas presidenciales, la primera de ellas con el respaldo de la Democracia Cristiana, hermosa utopía tan lejana como la distancia sideral que separa la teoría de la práctica, o al humanista y estadista del político inmediatista, explanó ideas que reafirmó en 1990 en la obra citada al comienzo, El homo sapiens se extravió en América Latina: “Por activa o por pasiva, los partidos políticos tradicionales de América Latina tienen la principal cuota de responsabilidad en ese proceso decadente. Por lo mismo, algunos de ellos desaparecieron y otros agonizan en la indecisión de rectificaciones que no llegan a adoptarse. Muchas de las nuevas opciones políticas que se ofrecieron a partir de los años sesenta terminaron encasilladas en los vicios que querían corregir”.

El pensamiento crítico lo aplicó Betancur en el examen de las realidades colombianas y regionales. Los ensayos que publicó dan testimonio de esa condición distintiva del intelectual que no se engaña ni engaña con espejismos. Su Declaración de amor, del modo de ser antioqueño, es un ejemplo elocuente de la trascendencia que le atribuía a nuestro departamento, sin exageraciones paisas cercanas a la caricatura, al tiempo que de la visión realista del pasado, el presente y el porvenir de esta región. En 1973, en un foro realizado en Quirama, concluía así, con una defensa de la joven inteligencia, la ponencia titulada Antioquia en busca de sí misma: “Y finalmente, una insistencia en la importancia de estimular y proteger, por todos los medios al alcance, el papel de la joven inteligencia antioqueña: De sus escritores, de sus pensadores, de sus investigadores, de sus artistas, de todos los que manejan la materia prima de las emociones y de las ideas. Porque si en alguna parte del país estas capas intelectuales están centradas en su ambiente y trabajan con materiales de la realidad, es en Antioquia: Donde la cultura siempre ha tenido vocación por la vida cotidiana y por los problemas dentro de los cuales la gente se debate. Y que, por eso, se mueve también dentro de un público receptivo, ansioso de asimilar los productos de su laboratorio mental. Esas vanguardias independientes pueden procesar y elaborar muy útiles orientaciones y aconsejar derrotero, en una época fluida y cambiante, que quiere una gran rapidez de maniobra si no se quiere quedarse atrás o ir a la zaga, a merced de tardías rectificaciones. Antioquia los necesita, para estar constantemente preguntándoles por su futuro. Ellos representan una preciosa oportunidad para controlar la marcha según los dictados de una democracia efectiva”. Juicio crítico, optimismo realista, confianza en la verdadera antioqueñidad, visión futurista y una dosis razonable de pragmatismo, elementos característicos de ese y los demás mensajes de Betancur a la clase intelectual universitaria que ha forjado la cultura de lo regional universal.

Belisario Betancur encarnó en el país y la época nuestros el Mito del Rey Filósofo del idealismo platónico. Tesis y figura malogradas a lo largo de la historia del pensamiento y de la vida de las naciones, sobre todo en naciones que desdeñan y minusvaloran el humanismo y subordinan la cultura. Momentos excepcionales sí los ha habido, para confirmar la norma histórica de la costumbre, en las presencias de Pericles y su siglo de la inteligencia, de Alfonso Décimo el Sabio y la vigorización del español y las artes y letras desde la Escuela de Traductores de Toledo y de otros protagonistas estelares del humanismo con firmes convicciones éticas en el gobierno. No le faltó razón a García Márquez cuando sentenció que “Belisario no fue en realidad un gobernante que amaba la poesía, sino un poeta a quien el destino le impuso la penitencia del poder”. A propósito, podría hacerse un estudio paralelo entre Betancur y el escritor, ensayista y dramaturgo checo Vaclav Havel, el mismo autor de El poder de los sin poder, promotor de la Revolución de Terciopelo y la Carta de los 77 intelectuales por la libertad y la democracia, último Presidente de Checoeslovaquia y primero de la República Checa. Las ideas de Havel sobre la sociedad y la democracia, el totalitarismo y la transformación de la política y la esperanza puesta en el cambio del estado de cosas, reposan en sus obras. Havel creía que “las palabras son capaces de sacudir toda la estructura del gobierno y pueden ser más poderosas que diez divisiones militares”. Y sostenía en términos ideales, del deber ser, que “A menos que haya una revolución universal en la esfera de la conciencia del hombre, nada mejorará nuestra existencia humana, y la catástrofe a la que se encamina este mundo será ineludible”.

Betancur personificó al intelectual, al humanista universitario, que también ambicionaba una revolución universal de la conciencia del hombre. Predicó y se propuso convertir en finalidad primordial del poder y la política el espíritu de tolerancia, el respeto a la diferencia, la vocación por el diálogo entre los opuestos. Las preguntas continuarán en órbita interminable: ¿En definitiva no son compatibles el humanista y el político, la teoría y la práctica, el deber ser y la realidad en la política? Lo dijo el mismo expresidente y abogado bolivariano en frases que justifican su conclusión de que el homo sapiens se extravió en América Latina: “El dogmatismo ideológico, de izquierda o de derecha, repitió los errores del pasado, a pesar de que el inolvidable líder laborista Harold Laski advirtió con décadas de anticipación que en los dominios de la política no hay fe posible sin un alto margen de duda”. ¡En los dominios de la política no hay fe posible sin un alto margen de duda! Esa fe no se extingue mientras sigan avivándola el humanismo y los portadores del pensamiento universitario.



jueves, 13 de diciembre de 2018

OTRO ESTATUTO DEL PERIODISMO

Por JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA

Con motivo del proyecto de ley que restablece el Estatuto del Periodista y la discusión consiguiente.

Estamos devolviéndonos en el tiempo. Con motivo del proyecto de ley que restablece el Estatuto del Periodista se ha reactivado una vieja discusión. Recuerdo cuando debatíamos la propuesta que, al fin, se convirtió en Ley 51 de 1975. Me tocó participar en diversos encuentros con organizaciones gremiales, facultades y medios periodísticos, en mi condición, para aquel entonces, de Presidente del Círculo de Periodistas de Antioquia.  Tomo como base de esta columna lo que he dicho y escrito a propósito entre colegas y estudiantes.

En aquel entonces logramos un texto que, luego de los ajustes, correcciones y agregados obvios, fue expedido con carácter legal. La tarjeta de periodista, aprobada por el Ministerio de Educación, fue un elemento importante del Estatuto, pero no el único, y a pesar de que se colaron muchos advenedizos. Incluso se creó, pero nunca se organizó, un cuestionable Consejo Nacional de Periodismo.

Lo fundamental estaba en que, no obstante los tropiezos y altibajos del Estatuto, se daba un paso adelante en la profesionalización: Facultades y escuelas de periodismo alcanzaron acreditación legal y social. Hubo un período de transición justo y obvio durante el cual pudieron carnetizarse también los periodistas que, sin ser egresados universitarios, demostraran, mediante varios requisitos, que tenían la experiencia, la trayectoria y la solvencia intelectual suficientes para vincularse con nuestra cultura profesional. Hoy en día, creo que un posgrado pertinente puede facultar para el ejercicio periodístico.

Casi un cuarto de siglo más tarde, el Estatuto quedó convertido en letra muerta, por arte de la providencia de la Corte Constitucional que, mediante la ponencia del magistrado Carlos Gaviria Díaz (mi recordado gran profesor de Teoría del Estado e Introducción al Derecho en la Universidad de Antioquia) derrumbó la Ley con argumentos frágiles. En cierta forma, no del todo, dejó el periodismo a merced de paracaidistas, advenedizos, aprovechadores y lagartos.

Sigo creyendo en la necesidad de respaldo legal por medio de un Estatuto, mediante el cual, además, con el Periodismo como disciplina fundante, se consolide la integralidad con la inclusión de la actividad organizacional y las demás áreas de la Comunicación Social. La tarjeta debería ser expedida por agremiaciones, universidades y medios o empresas, con el cumplimiento de ciertas condiciones. Sí es importante como identificación, así como se identifican el abogado, el médico, el psicólogo, etc.

Y no creo, de ningún modo, que tratar de darle entidad profesional al periodismo pueda constituir atentado alguno contra la libertad de prensa. Es un error, que incrementa el alto riesgo de utilizar los medios sin criterio y con detrimento de la credibilidad, graduar de periodista a todo ciudadano que emita contenidos en Facebook o Twitter, sin filtros razonables: “Sea usted el reportero”. Se requiere un periodismo independiente, libre, responsable, que sea guía de perplejos y reivindique el valor de la verdad amenazado por hordas de mentirosos y manipuladores, enredadores y enredados en todas las redes.


Versión corregida de la columna publicada en El Colombiano
el lunes 17 de diciembre de 2018.





lunes, 7 de mayo de 2018

A MIS COLEGAS ESTUDIANTES


Mensaje a mis colegas estudiantes de Periodismo de Opinión
En este curso, en el cual debo reconocer la profesionalidad y el criterio responsable con que ustedes han participado en las reflexiones y actividades programadas desde el comienzo del semestre, pueden faltar algunos elementos que podrían considerarse interesantes, pero lo que no puede quedar al margen es la incorporación de la ética, en particular en relación con el ejercicio del Periodismo de Opinión o Argumentativo.
Por supuesto que este no es un curso de ética profesional. No obstante, de tiempo atrás hemos convenido en la Facultad que en cada una de las materias profesionales se incluyan componentes éticos, para el necesario conocimiento de este aspecto esencial de la cultura profesional y para la identificación de orientaciones que aporten claves de solución a problemas y dilemas como los que se nos plantean día tras día en el trabajo periodístico.
Por consiguiente, hoy dedicaremos parte de la sesión presencial a conversar sobre una faceta principal de la ética del periodista de opinión. Hablo del tema ineludible del colegaje, por cierto muy venido a menos en las deliberaciones de los periodistas. En sesiones anteriores hemos tratado, así sea de paso, acerca de otros aspectos de la ética en el campo de la opinión: Las condiciones del columnista, el Decálogo de Cela, las recomendaciones de Popper, etc. Hoy nos detenemos en el vacío de colegaje que nos corresponde resolver desde el propio ámbito universitario. Es aquí, en las relaciones cotidianas con estudiantes, profesores, miembros de la comunidad administrativa, egresados e integrantes de los demás estamentos universitarios, así como también con los sectores del público vinculados con nuestro trabajo, donde es preciso acreditar unas convicciones y unas actitudes éticas resaltadas por la capacidad de ser buenos colegas, básica para demostrar la bonhomía, la calidad humana, la condición de buenas personas que, en términos sencillos, recomiendan Kapuscinski y otros maestros del periodismo.
Quiero que tengan muy presente esta recomendación: Ya muy pronto, cuando ustedes lleguen a un medio de comunicación, a una empresa, por supuesto que valdrá el puntaje que obtengan en cuestión de capacidades y competencias. Los saberes acumulados, las experiencias exitosas, tienen que ser justipreciados. Pero hoy en día hay una tendencia bienvenida que está abriéndose paso en el medio y los medios: Aquí necesitamos, primero que todo, profesionales dotados de una calidad humana excelente, personas caracterizadas por la bonhomía. En pocas palabras, buenas personas. Buenas personas y buenos colegas, buenos compañeros.
¿Qué es el colegaje? Por extrañas razones, esta palabra no aparece en el Diccionario, pero sí está colega, en la acepción de compañero en un colegio, en una corporación o en un ejercicio. Hay una afinidad obvia entre colegaje y compañerismo.
El compañerismo es el vínculo que existe entre compañeros, así como también la armonía y la buena correspondencia, también entre compañeros. Aunque a veces no lo parezca, si estamos comprometidos con una misma cultura profesional nos vincula la condición de colegas, de compañeros. Más todavía, así algunos no lo reconozcan, en el ejercicio de las tareas docentes y discentes, profesorales y estudiantiles, debe darse esa relación de compañerismo, equivalente a la de colegaje. Estudiantes y profesores somos, ante todo, compañeros. Somos, ante todo, colegas. Y como tales reconocemos unos deberes y unos derechos que nos relacionan y que fortalecen nuestra cultura profesional.
En varios códigos de ética del periodismo está grabado el colegaje como un requisito esencial. Voy a citar en seguida algunos:
“Observar en todo tiempo las obligaciones de fraternidad con los colegas y en ninguna ocasión tomar ventaja injusta e impropia sobre ellos”.
Código de la Asociación de Periodistas de Australia.
“El reconocimiento de la solidaridad profesional debe inspirar a todo periodista una real consideración y entrega a cada uno de sus compañeros.
La confraternidad prohíbe el hacer daño a cualquier miembro de la profesión tanto en sus intereses materiales como morales”.
Código de ética Profesional de los Periodistas Belgas.
“Los periodistas deben ser siempre conscientes de los deberes para con sus compañeros de profesión y no deben pretender privar a estos periodistas de su sustento de vida por medios injustos.
El alcance de las controversias personales en la prensa, en la que el interés público no está implicado, debe ser considerado como algo negativo”.
Código de la Unión Birmana de Prensa.
“El periodista respeta a sus colegas y adopta siempre para con ellos, aunque sean sus adversarios políticos, una actitud propia de colegas que le dicta la solidaridad profesional”.
Carta de los derechos de los periodistas canadienses.
“El periodista no debe referirse a otro periodista en términos deshonrosos a su calidad profesional ni con alusiones destinadas a menoscabar su calidad de tal”.
Carta de ética periodística. Chile.

Cuando comencé mi trabajo docente en esta Facultad, hace ya 46 años (y me honra considerarme el profesor activo más antiguo de esta unidad docente), desde la primera clase traté a mis primeros alumnos, en forma espontánea y sin pensarlo dos veces, como colegas. Formábamos parte de una misma generación con apenas una diferencia de uno o dos años de edad. Lanzábamos la vista hacia unos mismos horizontes y hablábamos un mismo lenguaje. Compartíamos la pertenencia a una comunidad que estaba irrumpiendo en el entorno periodístico y comunicacional, que estaba empezando a abrir camino para la aplicación de nuevos criterios profesionales elaborados en el laboratorio de las ideas, las innovaciones y las transformaciones del campo universitario. Mis primeros alumnos eran colegas, con los que, además, seguí encontrándome pocos meses o años después en las salas de redacción o en cuantos espacios y tiempos en los que nos repartíamos funciones dentro del duro y arriscado trabajo diario. Y fueron pasando los semestres e incluso las generaciones y siempre esa condición de colegas la he afirmado y se ha afirmado, hasta el presente. Colegas excelentes, egresados de esta Facultad, los hay en una larga lista en la región, el país y el exterior, dando ejemplo de calidad humana y profesional.
Es cierto que nos separan a ustedes y a mí algunos años, podría decir que ya casi medio siglo en algunos casos. Pero he creído, con Sabato y otros autores, que la edad es una estación del alma y se puede ser joven, maduro, viejo o anciano de acuerdo con la disposición intelectual, espiritual y anímica, no tanto con el mayor o menor número de canas y arrugas. El invierno, la primavera, el verano y el otoño se suceden en una continua alternancia. Más todavía, en el trabajo intelectual abundan los ejemplos de viejos juveniles, que van aproximándose al siglo y siguen exhibiendo una voluntad y una disposición que envidiarían no pocos jóvenes o adultos.
Y la vivencia diaria en el medio universitario, siempre lo he sostenido sin que se me haya desmentido, tiene una fuerza palingenésica: Valga decir, rejuvenece, renueva, mantiene la energía, las ganas, la voluntad y el espíritu emprendedor e innovador que se respira en el aire del campus y que inspira en la relación con quienes empiezan a asomarse a nuestra misma profesión. Muchos me enaltecen con la denominación de Maestro. Les he pedido que prefieran decirme colega, porque así tendré la certidumbre, que me resisto a catalogar como ilusión o imposible, de que no envejeceré, rejuveneceré cada nuevo día mientras pueda y seguiré atento a los más avanzados desarrollos de las ciencias sociales y de la comunicación y el periodismo, a los últimos escritos de los pensadores de nuestro tiempo, a todo aquello que siga enriqueciéndonos como buenos lectores y como humanistas, en la filosofía, la literatura y las artes, en el derecho y la historia y en fin en las complejas formas de ver el mundo y avizorar el porvenir para ayudar de algún modo a construirlo y forjar nuestro propio destino. Ante todo, sigo siendo un estudiante, un colega estudiante, un lector, pleno de ánimo, de entusiasmo, de voluntad para seguir adelante en la búsqueda de todo aquello que nos aproxime a la verdad y nos aleje del error, que nos haga buenas personas, mejores personas, dignas de seguir participando en la construcción de una cultura profesional a la que hemos aportado algo de nuestro pensar y hacer a lo largo de tantos años.
Su profesor, amigo y colega,
Juan José García Posada
Mayo de 2018




sábado, 21 de abril de 2018

UN PACTO POR EL LIBRO QUE ILUMINA



En este manifiesto se renueva la invitación general a suscribir este Pacto por el Libro que ilumina. Recomendamos que este escrito sea fijado en lugares visibles de bibliotecas, librerías y otros sitios en donde se defienda la cultura bibliográfica. El texto ha sido redactado por Juan José García Posada, Darío Ruiz Gómez y José Guillermo Ánjel Rendó, con la aportación del Café Literario y el Consejo de Lectores del Suplemento Literario de El Colombiano, en septiembre de 2002:

Quienes firmamos este manifiesto que nos reúne en Un pacto por el Libro que ilumina, tenemos presente que en medio de la situación de conflicto en que se debate nuestra sociedad, cuando la barbarie creciente amenaza con destruir los elementos que poseemos de civilización y cultura y con borrar la palabra escrita, se nos impone volver de nuevo al espíritu del libro. Tal parece que en una realidad tan compleja como la nuestra se agotan las posibilidades de salida. Pero la reflexión crítica y la actitud creativa que genera un buen libro posibilitan el hallazgo de nuevas vías, de claves de interpretación y de luces al final del túnel. La buena literatura ilumina y puede generar efectos renovadores y transformadores prodigiosos.

El libro, como instrumento confiable para la percepción y la comprensión de la realidad, permite la búsqueda de una razón ordenadora. Representa la memoria cultural escrita, que permite el análisis de los hechos del pasado, fundamento cierto para la comprensión del presente y de las tendencias que anuncian el porvenir. La cultura bibliográfica ayuda a penetrar en el sentido profundo y verdadero de los fenómenos del aquí y ahora y del allá y entonces, con una amplia perspectiva humana, histórica y universal.

En tiempos como los actuales, ante la confusión creada por las corrientes borrascosas de la globalización, de la revolución informática y de la tiranía de la actualidad, el ser humano circunstanciado y muy en particular el hombre colombiano necesitan el espacio de reflexión que abre el libro para alcanzar a poner orden en el mundo de las ideas y conseguir una lectura atinada de su propio entorno y del acontecer mundial. El cosmpolitismo del viajero real  o del navegante ciberespacial necesitan el sentido de trascendencia y universalidad que infunde el libro.

La crisis de nuestro tiempo es en alto grado una crisis del sentido de lo humano. El libro proporciona argumentos y testimonios suficientes para comprender que en la sociedad actual todavía existe el individuo, a pesar de todo, pero el individuo en función de los otros. Los demás también son seres humanos. Por medio de la cultura del libro es posible humanizar el vivir personal y social y reivindicar la individualidad y la alteridad.

Por consiguiente, al firmar este Pacto por el Libro que ilumina extendemos una amplia invitación a manifestar en todos los ámbitos de nuestra sociedad un respaldo consciente, consecuente y efectivo a la tarea fundamental de las bibliotecas públicas e institucionales como centros de irradiación de la cultura bibliográfica, a los libreros como orientadores de los lectores, a los maestros como responsables de la enseñanza a leer, a la inculcación desde el hogar de la lectura como dedicación entrañable, a los medios periodísticos, los editores y las empresas editoriales en la comprensión y la crítica honorable sobre el mundo de los libros, y al establecimiento de canales de distribución que impidan el almacenamiento estéril de libros útiles en bodegas y archivos.

Quienes firmamos este manifiesto asumimos el compromiso de hacer lo que esté a nuestro alcance, de acuerdo con las diferentes actividades y funciones, por asegurar la permanencia del libro como centro de atención de la sociedad y componente esencial de la calidad de vida y reconocer su condición de factor de cambio de las actitudes y los comportamientos culturales.

Tenemos el convencimiento de que el estado de cosas de nuestra sociedad actual resulta en buena parte del desdén crónico, sistemático, porfiado, contumaz por los libros. Y a propósito recordamos esta sentencia, escrita en la pared de una antigua biblioteca:

“Los libros son amigos leales y silenciosos
que, no obstante, si los desdeñamos, algún día se vengarán de nuestro desprecio”.

(Feria del Libro de Medellín, septiembre de 2002. Relanzamiento el 18 de abril de 2018, en sesión del Coloquio de los Libros, con motivo de las jornadas del Español y el Festival del Libro y la Palabra de la Universidad Pontificia Bolivariana).

viernes, 27 de octubre de 2017


Un siglo de la obra de John Reed

EL TESTIMONIO PERIODÍSTICO
DE LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE

Por JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA

(Artículo publicado en el periódico EL QUINDIANO, de Armenia. Versión de la exposición en la tertulia del miércoles 25 de octubre y en el programa radial Coloquio de los Libros).

John Reed y su obra principal, Diez días que conmovieron al mundo, forman un capítulo esencial de la historia del periodismo, pese a que tanto el personaje como su libro han pasado al olvido incluso en el entorno de la cultura profesional. Hace medio siglo había tal vez un interés mayor por el conocimiento de los forjadores de la disciplina periodística, todavía incipiente a comienzos del Siglo Veinte, gracias a la vocación intensa, la consagración a narrar e interpretar la realidad a su alcance con fidelidad a los hechos y la demostración de que para ellos no era ningún descubrimiento que historia, literatura y periodismo constituyeran dedicaciones complementarias.

Esa es una de las cualidades de la obra de John Reed, no sólo de la que relata y explica los acontecimientos previos y culminantes de la Revolución bolchevique, sino de su profundización en la Revolución mexicana en México insurgente.

Otros calificarán (o descalificarán) a este colega estadinense por su militancia socialista desde la época en que estudiaba en la Universidad de Harvard y formaba parte de cofradías dedicadas al estudio y la acción en el campo de la rebeldía ideológica. Reed pasó por el anarquismo y el comunismo y el espíritu libertario.

Algunos más concentrarán su atención en el señalamiento de Reed como un propagandista. Y no faltarán los juicios descalificatorios debidos a las simpatías o las antipatías con el periodista que le declaró su confianza y su adhesión a Pancho Villa o no ocultó su afinidad con Lenin y otros protagonistas de la causa revolucionaria que, si se les diera la razón a los mencheviques y los socialdemócratas de aquella época, habría establecido la alternancia en el poder entre dos despotismos paralelos, el zarista y el stalinista.

En El Mundo, de Madrid, Manuel Hidalgo comenta la aparición de una edición conmemorativa de la obra de Reed y subraya la profesionalidad del reportero: “La confesión de Reed le honra: no fue neutral en la lucha, dice, pero intentó consignar la verdad. Lo lograra o no -las opiniones divergen-, lo que nadie discute es que Reed se comportó como un gran reportero, estuvo en primera línea, asistió a hechos decisivos, habló con líderes y con gente corriente, aportó muchos datos y, en fin, reprodujo de forma indeleble y minuciosa el ambiente en el que transcurrieron los acontecimientos. Otros periodistas, incluyendo a amigos -Albert Rhys Williams- y a su propia esposa -Louise Bryant-, de su mismo ideario, también escribieron libros sobre los mismos sucesos, pero es el suyo el que ha adquirido la condición de clásico imprescindible”.

Lo más importante, lo que en realidad vale la pena estudiar y comprender en la producción intelectual de este reportero, cronista e historiador, mucho más que su ideología y su activismo y las anécdotas consiguientes, más también, claro está, que la recomendación de Lenin “desde el fondo de mi corazón” en el prólogo a la edición norteamericana, es la aportación efectiva desde el trabajo diario como corresponsal de guerra y de conflictos, como enviado especial (acompañado de su mujer, la escritora Louise Bryant), a la configuración de los elementos constitutivos del periodismo moderno:

1) El seguimiento constante de los hechos en su secuencia de antecedentes, situación actual y consecuencias y en el sitio de los acontecimientos. 2) La exhaustividad con afán investigativo en las pesquisas dirigidas a obtener una documentación fiable y tan completa como lo permitieran las circunstancias. 3) La preponderancia del criterio informativo sobre las simpatías, la filiación o la militancia ideológicas y políticas. 4) El tratamiento de la actualidad en sus tres ritmos de diaria, contemporánea e histórica, en un momento en que apenas se insinuaba la carrera por la primicia. 5) El uso de un estilo claro, preciso, directo y sin ambigüedades. 6) La conciencia de la naturaleza histórica y literaria del periodismo.
Esas son las bases sobre las cuales he leído y comprendido esta obra de John Reed. Son esos elementos los que acreditan la importancia capital del libro para los estudiosos del periodismo. Cuando en las facultades de comunicación social se retome la asignatura de historia de la profesión, Diez días que conmovieron al mundo deberá ser una unidad significativa en tal curso. Lo demás es lo de menos. De ningún modo puede catalogarse como un escrito panfletario, proselitista o propagandístico. Pero tampoco es una novela o una obra de ficción, aunque es obvio que, en virtud de las destrezas literarias del autor, sean inevitables las figuras, los giros, las elaboraciones metafóricas propias del género novelesco.

¿Qué tal el vuelo literario y estético de esta descripción? “El camino de la izquierda, por el cual se habían batido en retirada los supervivientes cosacos, conducía, remontando una pequeña colina, a un pueblecillo desde donde se alcanzaba una vista grandiosa de la inmensa llanura, gris como un mar sin viento y dominada por el amontonamiento tumultuoso de las nubes, y de la ciudad imperial, que esparcía sus millares de seres humanos por todas las carreteras. Al fondo, hacia la izquierda, se encontraban la pequeña colina de Krásnoye Selo, el campo por el que en otros días desfilaban los soldados del campamento de verano de la Guardia y donde se extendía la granja imperial. Nada rompía la monotonía de la llanura, aparte de algunos monasterios y conventos cercados de murallas, unas cuantas fábricas aisladas y algunas construcciones grandes rodeadas de terrenos baldíos, destinadas a asilos y orfelinatos”.

Es natural, incluso en el trabajo periodístico narrativo e informativo más exigente, el uso legítimo y ponderado de la ficción para reconstruir escenas, situaciones o episodios en los cuales el autor deba aplicar su capacidad imaginativa para enfatizar en el realismo y si se quiere el patetismo de la obra, sin perjuicio de la sujeción a los hechos.


Desde el prefacio escrito por él mismo pueden captarse el porqué y los alcances y límites de Diez días que conmovieron al mundo. Esta advertencia puede ser suficiente para dejar constancia de la honradez intelectual con que asumió John Reed sus funciones periodísticas hasta su final, víctima de tifo, en Rusia (a donde volvió después de afrontar críticas y acusaciones de espionaje en Estados Unidos), cuando apenas tenía 32 años: “Durante la lucha, mis sentimientos no fueron neutrales. Pero al contar la historia de aquellos días heroicos, he intentado mirar los hechos con los ojos de un reportero concienzudo e interesado en consignar la verdad”.


domingo, 3 de septiembre de 2017

LA VIDA PARALELA DE LA RADIO

Un capítulo del libro LA CIUDAD QUE PERDIMOS, de Juan José García Posada, que presentamos el miércoles 30 de agosto en el auditorio de la Academia Antioqueña de Historia. En el Coloquio realizado intervinieron Darío Ruiz Gómez y Mario Melguizo Bermúdez. La obra puede adquirirse en la Librería de la UPB.


En la escena final de la encantadora película Días de radio, de Woody Allen, al concluir la celebración de la Nochevieja dice uno de los protagonistas: “Me pregunto si las nuevas generaciones sabrán quiénes éramos”. Para los jóvenes, la buena radio es una leyenda, un arcaísmo casi tan risible como las palabras que han entrado en desuso porque hablan de tiempos antiguos. El arquetipo de la producción radiofónica está representado en ese filme, de mediados del decenio de los cuarentas y se prolongó por unos diez años, hasta cuando el prodigio de la televisión empezó a competir con la fantasía sonora transportada por las ondas hertzianas.
La radio era un potente factor de atracción, un congregante familiar y social, una obra de arte incomparable que exigía talento, cultura literaria y humanística, ética del lenguaje, recursividad e histrionismo. Todos los oficios inherentes a la producción eran exigentes, desde la fina capacidad auditiva del operador de sonido, también llamado ingeniero de perillas o control, la dicción sencilla pero elegante del locutor y la modulación acoplada al buen gusto, hasta el poder de síntesis y el estilo redaccional impecables del redactor de noticias o del guionista y libretista.
Nadie que esté del lado del receptor alcanza a captar y comprender la complejidad de un programa de radio, todo lo que se mueve, se gesticula, se acciona con la exigencia del silencio detrás del micrófono y en la amigable cabina de locución. Los oyentes ignoran que la aparente improvisación con que se emiten las voces ha sido el resultado de una tarea seria y disciplinada de preparación que incluye el cuidado de todos los detalles y una experiencia larga y fructífera.
Una de las pérdidas deplorables de Medellín en cincuenta años ha sido la buena radio que en la ciudad era ejemplar, tanto en los campos informativo y recreativo como en la formación de una audiencia que entraba en contacto con la cultura universal en las letras y las artes, en especial la música. Los melófilos de hoy nos formamos en especial gracias a las audiciones de concierto de las emisoras culturales de la Universidad de Antioquia y la Bolivariana y la Radio Nacional. Los horarios de transmisión de las dos estaciones universitarias eran muy limitados: Saludaban hacia las once de la mañana y emitían música hasta las dos o tres de la tarde, para cerrar y reanudar emisiones a las seis de la tarde y hasta la media noche.
En aquella época, la emisora del Alma Mater funcionaba en el tercer piso del edificio de la Biblioteca Central, en la esquina de Girardot con Ayacucho y tenía en los estudios, al lado de la cabina de locución y la sala de control, un buen auditorio con piano de cola, en el que se efectuaban algunas audiciones musicales.
En aquel auditorio ensayábamos los integrantes del Coro del Liceo Antioqueño, dirigido por el maestro Gustavo Sierra Lotero. Sopranos, contraltos, tenores y bajos nos organizábamos con disciplina y entusiasmo para la interpretación del Gaudeamus, el canto distintivo de la vida universitaria, para entonar el himno de la Universidad o para alistar las canciones que formaban el repertorio de nuestras presentaciones en público, por lo general en el Paraninfo y en ceremonias tan elegantes como la de graduación de la Escuela de Enfermería, o en las antiguas instalaciones de la Biblioteca Pública Piloto, de la avenida La Playa. Mientras cantábamos El rey de la orquesta, En la punta de un manzano y, por supuesto, el tradicional Adeste fideles, no con podía evitar la distracción al mirar el silencioso funcionamiento de la emisora a pocos metros de distancia, la entrada del locutor al encenderse el letrero En el aire y el mínimo leguaje de señales con el control de sonido.
Algunos años más tarde, cuando estaba concluyendo el bachillerato, me envolvió en forma definitiva el mundo de la radio. Con el condiscípulo Alberto León Gómez fundé el programa Radar Liceísta, que meses más tarde se transformó en Ventana Estudiantil y sostuve, en la misma Voz de la Universidad, Primera Emisora Cultural en Colombia, durante unos diez años, mientras fui ejercitándome en otras funciones propias de la vida radiofónica. Me tocó ser, en esa escuela de formación profesional, locutor, control de sonido, programador de música selecta, director del noticiero y coordinador general, en mi condición incomparable de monitor del profesor y periodista José Jaramillo Alzate, quien dirigió la emisora durante largos años y nos dejó hacer y deshacer, con paciencia y tolerancia infinitas, a los estudiantes que asumíamos nuestros papeles con una mística y una devoción sin límites.
Años después, al concluir mi carrera de Comunicación Social y Periodismo en el Alma Mater, comenzaría mi otra vida como profesor en la Universidad Pontificia Bolivariana, en 1972, con la cátedra de Radio Periodismo y una actividad intensa con los estudiantes en la HJDI, Emisora Cultural de la UPB, con la que seguiría vinculado sin solución de continuidad. Lo que las emisoras culturales han realizado como universidades del aire por el mejoramiento cualitativo de los oyentes es de un valor inestimable. Se anticiparon medio siglo a las estrategias de internacionalización universitaria. La sensibilidad musical, el acercamiento del mundo a los hogares, la familiaridad con la vida y la obra de los grandes maestros y ejecutantes de la armonía, han sido, junto con otras modalidades de la producción radiofónica, obras de las emisoras culturales, que en nuestro medio, en los tiempos de infancia, adolescencia y primera juventud, en Medellín sólo eran las de las dos universidades más importantes, en alternancia con la Radiodifusora Nacional de Colombia, que sostenía desde Bogotá una exquisita programación.
El día de un radioescucha constante duraba 48 horas, las 24 del horario convencional y las otras 24 de la sintonía, como si la radio creara una vida paralela. Tanto, que presumo que la simplicidad del campo colombiano se trastocó en el momento en que los campesinos comenzaron a escuchar Radio Sutatenza en sus receptores de frecuencia fija. Por supuesto que las escuelas radiofónicas influyeron de modo invaluable en la instrucción y la educación de los hombres del agro, además de descubrirles un mundo nuevo, distinto y complejo, que los periódicos, las revistas y los libros apenas les habían insinuado con sus apariciones esporádicas. La radio causó en el campo un efecto parecido, guardadas las proporciones, al de la invención del fuego y la luz por los seres humanos primitivos, del que trata Steiner en su profundo ensayo sobre La nostalgia del absoluto.
A un amistoso y recordado compañero de clase en el Liceo Antioqueño le debo el conocimiento de cómo funcionaba una emisora comercial en sus propios estudios. Alberto Muncker, casi toda una vida residenciado en Alemania, donde emitía su voz al mundo desde la Deutsche Welle como responsable de los servicios informativos para América Latina, empezó trabajando en la vieja y popular Radio Reloj como locutor y operador de sonido. Lo veíamos en plena acción a través de la vidriera que separaba la cabina de control y locución de la calle Maracaibo. Todos los transeúntes podíamos presenciar el espectáculo de un hombre de radio en acción, escogiendo el corte adecuado en el disco de acetato sobre el tornamesa, conectando el micrófono, dando la hora o leyendo el servicio social. Más adelante, Hugo Alberto viajó a Bogotá, fue muy reconocido en la lectura de noticias en RCN y en televisión en TV Sucesos A3, el noticiero nocturno que dirigía el veterano periodista antioqueño Alberto Acosta Penagos y todavía muy joven se fue para Alemania a trabajar en la gran emisora internacional que transmite desde Colonia. Hace años estuvo de visita en Medellín y Armenia, donde pensaba adquirir un terreno campestre. Pero entiendo que, ya jubilado, decidió vivir en la placidez bucólica de la campiña francesa. El colega de periodismo y abuelidad Óscar Domínguez ha seguido sosteniendo correspondencia con Hugo Alberto.
¿Y cómo empezaba entonces el día del radioescucha? Hablo sobre todo acerca de la diversidad de opciones que encontraba en las ondas corta y larga, o local. El amanecer lo saludaba en la gran mayoría de las emisoras un programa de canciones colombianas. Fue así como aprendimos la letra y la música del amplio repertorio de nuestro folclor musical. Era un alegre despertar con los duetos de Obdulio y Julián, Espinosa y Bedoya, De Antaño, Garzón y Collazos y los Hermanos Martínez o con el coro Cantares de Colombia, más las piezas instrumentales interpretadas al órgano por los maestros Jaime Llano González y Manuel Jota Bernal. Y a las seis, abrían el día las noticias. En Radiosucesos RCN arrancaba con la lectura de los titulares la voz clásica de Luis García, años después locutor de La Voz de los Estados Unidos de América, así como lo fue también el culto y versátil Baltasar Botero Jaramillo. Hacia las seis y media empezaba en la novísima Radio Visión el Radioperiódico Clarín, dirigido por Miguel Zapata Restrepo y locutado por Iván Zapata Isaza, de una velocidad insuperable en la lectura de noticias, con un timbre de voz fuerte y agradable. La segunda voz la hacía Diego Vargas Escobar, quien acababa de llegar del Quindío en una promoción de juveniles hombres de radio proveniente del Viejo Caldas y el Norte del Valle, en la que estaba también el respetable comentarista deportivo Wbeimar Muñoz Ceballos.
Clarín irrumpía con fuerza en el mundo de las noticias. Tenía un formato original, muy asociado con el reporterismo callejero (Desde la calle, en el inconfundible estilo de Clarín), con la crítica y el análisis de los asuntos políticos locales y una patente influencia en las decisiones políticas y administrativas de la ciudad y la región. El Breve concepto de Clarín, del Director, era un editorial que incidía en la vida urbana, así como tenían notable acogida Clarín y el cine, de Humberto López y Clarín dice lo que otros callan, con un cierto acento retador y competitivo. En Clarín hizo su primera escuela radial el consagrado periodista César Pérez Berrío, como reportero de tiempo completo.
Hacia las 8 de la mañana la programación de radio estaba dirigida sobre todo a las señoras. En Caracol arrancaba La simpática escuelita que dirige doña Rita, pero antes era normal escuchar una revista de crítica humorística, La tapa (después fue El corcho), dirigida por el polifacético Humberto Martínez Salcedo, muy célebre como El máistro Salustiano Tapias, de la televisión. Eran los momentos en que las dos más potentes emisoras locales, la Voz de Medellín y la Voz de Antioquia, entraban en cadena con las de Bogotá, Nuevo Mundo y Nueva Granada. Y las locales de mayor tradición y mejor arraigo en la audiencia, además de las ya dichas, eran Emisora Claridad, Radio Nutibara, Ecos de la Montaña, Radio Libertad y la Voz del Triunfo, cada una especializada en un tipo de programación, noticiosa, musical o de concurso, pero con énfasis en la atención de la familia. Aparte menciono La Voz de las Américas, de José Nicholls Vallejo, muy definida en su orientación hacia la gente del campo, con su Guasquilandia, su Mexicaneando y el muy tradicional programa de villancicos, que anticipaba la Navidad para fines de octubre, antes de que la adelantara el comercio.
Había deliberación sobre los objetivos de la radio. Programar no consistía sólo en armar la torta de emisiones musicales sin ton ni son. Aunque eran escasas e incipientes las encuestas de preferencias, los directores y realizadores de la radio de entonces tenían una fina capacidad de percepción sobre los gustos de los oyentes y acertaban en la elección de las audiciones y la formación de equipos competentes de locutores y radioactores. Uno de tales grupos hizo escuela, en Radio Nutibara, dirigida por Jaime García Lobo, donde eran de rutina los dramatizados, como El mundo sigue girando, que se emitía hacia el meridiano.
El radioteatro tuvo su época de esplendor en aquel entonces. Una empresa líder en ese campo fue Radioprogramas América, desde donde se producían series inolvidables como las aventuras de Milton el Audaz, por La Voz de Medellín. En esas producciones participaban Marco F. Eusse, Carlos Mejía Saldarriaga y otros personajes estelares de la radio que protagonizaban, además, el ejercicio de ilusionismo que nos creaba a los oyentes las siluetas, las figuras humanas y las imágenes que podían contradecir las originales, gracias a la magia de la voz.
Las voces femeninas eran seductoras. No siempre correspondían a la realidad. Incluso en buena parte de las ocasiones las damas que las emitían carecían de atractivos físicos, no despertaban ni la más mínima atracción cuando las veíamos actuando en el escenario del radioteatro de RCN, o en el de Caracol. Conocerlas en vivo y en directo causaba por lo general una gran decepción: ¿Con que esa era la mujer embrujadora que nos hablaba todas las tardes, la que encarnaba los papeles de princesa, de pretendida por los galanes de la radionovela?
Hubo una serie deliciosa, en los mismos años de El capitán Silver y su goleta Lobo del Mar, y era Los tres Villalobos, adaptada en el ámbito local de una producción cubana. Es una obra que hoy en día está en el olvido, pero que he evocado y he localizado además en la red y que marcó entre los decenios del cuarenta y el cincuenta el momento de transición del texto impreso a la versión radiofónica y más adelante a la cinematográfica. Los tres Villalobos fue un símbolo del relato de aventuras, gracias a la creación del autor cubano Armando Couto. Al principio circuló en folletines, es decir en publicaciones en serie, así como en revistas. Muy pronto se transfirió al lenguaje de la radio e inauguró una época dorada de las radionovelas, primero en Cuba y después en varios países hispanoamericanos, entre ellos, claro está, el nuestro.
Fue a mediados de los cincuentas cuando llegaron Los tres Villalobos a la radio colombiana, en particular a La Voz de Medellín, de RCN, mediante la versión producida por el elenco de radioactores de aquella emisora. Miguelón, Rodolfo y Machito, los tres hermanos Villalobos, eran unos justicieros que se jugaban la vida en la persecución de bandidos y asaltantes de caminos. Entre esta novela trasladada a la radio y Dick Turpin, Robin Hood, el Curro Jiménez español y otras de vaqueros aguerridos de distintas épocas hay notorias similitudes. También a mediados de los cincuentas se rodó en México la película (que incluso puede verse completa en internet) y fue en los momentos estelares de la televisión cuando la obra se difundió en serie por la pantalla chica. Los escenarios de las aventuras de los hermanos Villalobos fueron al comienzo en Cuba (en tiempos de desalojo de los campesinos durante la dominación colonial norteamericana), pero bien pueden considerarse como no lugares, es decir esos espacios indefinibles donde discurren historias que tienen un toque universal y pueden asociarse con las tierras del Lejano Oeste.
En la recordada serie radial, los tres personajes potenciaban el atractivo de la voz, hasta el punto de que el radioescucha se imaginaba que los tres actores eran individuos fornidos y de elevada estatura, cuando en realidad los locutores que los representaban eran, por casualidad, de estatura menos que mediana, como lo descubrí en una ocasión en que alcancé a visitar los estudios de grabación de la serie y vi a los protagonistas en acción.
La radio tenía en aquel entonces el poder mágico, la capacidad de sugestionar de tal modo que el oyente se sentía viendo una película o siguiendo episodios de la vida real: Tales eran el verismo, el patetismo y la capacidad de crear imágenes con palabras, con el recurso de los efectos sonoros. Era la radio comercial de ahora tiempos, la que seguiremos extrañando como una historia que se transformó en leyenda. Más todavía, aunque la película resultó entretenida, nunca será superior a la serie radiofónica. Era magistral, por el lenguaje, por la narración, por el suspenso que sostenía la serie, de sólo treinta minutos diarios a las dos y media de la tarde y, claro está, por la capacidad de guionistas, actores y realizadores, de mantener al oyente en tensión y atento a un prodigio sonoro que lo transportaba a otras dimensiones. La aventura de la novela se vivió también en la radio, en aquella época en la cual las ondas hertzianas eran el medio de difusión de contenidos de verdadera calidad en materias de información y entretenimiento. Los tres Villalobos fue una novela de aventuras que impulsó la buena radio de hace más de cinco decenios.
La radio en las noches era una invitación a la vigilia divertida. En los días hábiles de la semana, hacia las ocho no podía uno dejar de escuchar los episodios intrigantes de Las aventuras del famoso detective chino Chan Li Po. El suspenso era la palabra clave. El fondo sonoro y los efectos especiales acentuaban la expectativa de cada oyente. La astucia y la capacidad deductiva del investigador se combinaban en una presentación que parecía de película. Radio Visión, en sus primeras emisiones, se apuntó un éxito notable con semejante dramatizado, modelo de estupenda producción radiofónica. Tan cuidadosos como las investigaciones eran los parlamentos, la actuación y el respaldo musical. Era una obra de arte de la radio policíaca.
Era el radioteatro de alta calidad. Y la pauta en esta materia la marcaban las realizaciones dominicales, por RCN, del Teatro de Marina Ughetti, una dama española dueña de hermosa voz y sensibilidad artística excepcional, que formó un equipo excelente para emitir cada sábado las versiones radiales de obras de renombre del teatro universal. Gracias a estas audiciones nos llegaron no pocas obras de Alejandro Casona y Enrique Ibsen, que recuerde ahora pasado más de medio siglo. La familia se reunía en torno del receptor a gozar o padecer los momentos revividos por los radioactores en representaciones impecables, grabadas y editadas, como pude apreciarlo muchos años después, en un sencillo estudio de la Voz de Medellín en el cual los intérpretes se turnaban el paso al micrófono para decir sus parlamentos, mientras el control escogía los discos de efectos de motor de automóvil, tormenta, ruidos del bosque, gente bulliciosa y muchas otras ayudas acústicas, que, si no estaban grabadas eran simuladas en el mismo estudio por un experto en sacarle al micrófono el trote de un caballo, el golpeteo de una puerta y los demás sonidos y ruidos de ambiente que le infundían realismo a la obra.
Las plantas físicas de las emisoras, para que fueran completas, debían tener un radioteatro, que debía colmarse de público en las tardes o las noches, de acuerdo con la programación que se emitía en vivo y en directo o que se grababa con alguna anticipación. Todavía éramos niños cuando en el radioteatro de Emisora Claridad, situado en el crucero de la avenida de La República y la carrera Cúcuta, presenciábamos en la tarde de cada sábado el especial del programa infantil que dirigía el Tío Pepe, un conocido locutor llamado Antonio González Aguirre. Asistíamos niños de San Benito y sus contornos. Unos cantaban, otros contaban algún chiste y unos cuantos recitábamos un poema sencillo como La paloma torcaz o La abeja. En los intervalos de comerciales nos tocaba complementar la promoción del animador, que decía: Peinol, el fijador moderno… y todos debíamos gritar: ¡Que peina mejor! – así apenas alcanzáramos a imaginarnos qué era un fijador. De cada audición salíamos con los bolsillos llenos de chicles y confites que nos habíamos ganado por nuestra participación o por nuestros aplausos.
Y los mejores radioteatros eran los de la Voz de Medellín y la Voz de Antioquia. Se llenaban noche tras noche de espectadores que iban a conocer, admirar y aplaudir a grandes artistas de fama internacional. Cantantes colombianos como Carlos Julio Ramírez, Víctor Hugo Ayala, Alba del Castillo, Lucho Ramírez, Los tolimenses, ampliaron su prestigio en los radioteatros. Por Medellín pasaba el meridiano de la radio artística. Y cada emisora de respeto contaba con su propia orquesta, dirigida por maestros de jerarquía, como Pietro Mascheroni en RCN. No pocos cantantes comenzaron como concursantes en programas como La hora Noel del aficionado, que animaba Carlos Mejía Saldarriaga con su voz potente y elegante. Concursos como El peso Fabricato y Coltejer toca a su puerta aseguraban el respaldo a la radio por las mayores empresas industriales de la ciudad de entonces. Y en materia de concursos no faltaba el fomento del saber, en Los catedráticos informan, donde la erudición estaba representada por el profesor catalán Juan de Garganta, el historiador Joaquín Pérez Villa y el versátil periodista y políglota Antonio Panesso Robledo, profesores de la Universidad de Antioquia y dueños de memoria prodigiosa y cultura general sorprendente. Pocos años más tarde fue muy popular, en Radio Sinfonía, que reemplazó a Radio Libertad, el programa Gánese el punto, que se emitía a las once de la mañana y las ocho de la noche y en el que participamos de modo constante como concursantes y mis hermanos y yo logramos ganar algunos premios que nos entregaban los dos animadores, Gustavo Barreto y Jimmy Álvaro Vega, en los estudios de la emisora, una cuadra arriba del parque de Bolívar, sobre la carrera Sucre.
Los estímulos a los oyentes eran señuelos de estaciones como Radio Nutibara, que llamaban a las casas para chequear la sintonía. Había que responder qué programas se escuchaban con más asiduidad. El premio, que se reclamaba en el edificio Cárdenas, o del Portacomidas, frente a la plazuela Nutibara, era un disco de 78 revoluciones por minuto, prensado por producciones Silver y Peerless. Reunimos varios, que sólo pudimos escuchar en casa años más tarde, cuando tuvimos tocadiscos y radiola, elementos de lujo en los hogares, tan escasos como los televisores, que eran todavía exóticos en el vecindario. El receptor de radio no había sido destronado a mediados de los cincuentas. Era el rey sonoro de la familia, instalado en la mejor esquina de la sala.
Los oyentes de tiempo completo, que aprendimos a ser noctívagos con un receptor de radio encendido hasta el amanecer, no podíamos perdernos a la media noche el programa Los fantasmas se divierten a la hora de las brujas, presentado por un locutor imaginativo y simpático, el argentino Humberto Vílchez Vera, padre de dos mujeres que han ganado merecido prestigio en la televisión regional, Olga y Lucero Vílchez. Vílchez Vera comenzó en Radio Libertad y siguió en otras emisoras locales. Hablaba de espantos, de noticias frescas, de anécdotas y de música y canciones. Nos tocó estrenar con él los primeros receptores de transistor que llegaron a Medellín. Eran rarezas que además resultaban demasiado costosos, no por el precio de compra sino porque gastaban las pilas en pocas horas. La gran ventaja de estos pequeños artefactos consistía en que podían conectárseles audífonos y no perturbaban el sueño del resto de la familia.
No debo decir nombres propios, por elemental consideración de respeto a las aludidas, pero es verdad otra vez que la presencia corporal no se compadecía con el encanto de la voz en muchas de las mujeres de la radio. Tal vez en su novela El embrujo del micrófono lo hacía notar así una talentosa escritora y guionista, Magda Moreno, nacida en el mismo pueblo, Santo Domingo, de Tomás Carrasquilla y Francisco de Paula Rendón. A lo largo de mi paso por la radio me acostumbré a esa penosa realidad: El concepto de belleza se relativiza al descubrir la contradicción entre la presencia oral que nos llega a los receptores y la presencia tal cual de las locutoras, de casi todas, porque he conocido excepciones primorosas. La radiodifusión, en aquel entonces, sí que mejoraba a los seres humanos. A los oyentes, porque ayudaba a la educación y la cultura, la apreciación estética, la formación del buen gusto, al entretenimiento felicitario. Y a los hacedores de la radio, porque embellecía de modo asombroso a las feas y les ayudaba a conservar oculta la fealdad como una suerte de secreto.
La radio, en esa faceta, era en aquella Edad de Oro una fantasía, una hermosa ilusión, una especie de mentira piadosa, una embrujadora vida paralela, que, ante todo, exaltaba la voz como una de las cualidades primordiales del ser humano. Medio siglo después, en cambio, la radio dejaría de ofrecer innovaciones cautivantes. Sus protagonistas llegarían a ser conocidos por la televisión, el streamming y la señal en internet, en Youtube o en las redes sociales, o por las fotografías de periódicos y revistas. Con el paso del tiempo tenía que esfumarse aquel engaño encantador de los mejores tiempos. Esas voces, aquellas voces, “se alejan cada vez más, se alejan...” como termina la película Días de Radio.