martes, 10 de febrero de 2015

El periodismo, un viaje por el tiempo y el espacio

DESDE  EL ORIGEN HASTA
LA DESEMBOCADURA
DEL RÍO DE LA HISTORIA

Por Juan José García Posada

Para presentar la exposición del periodista Juan Gonzalo Betancur Betancur, martes 10 de febrero de 2015, auditorio Juan Pablo Segundo de la UPB, en sesión con motivo del Día del Periodista organizada por la Facultad de Comunicación Social Periodismo:

- El periodismo es un viaje por el tiempo y el espacio, desde el origen hasta la desembocadura del río de la historia.

- El periodismo tiene historicidad y trascendencia gracias a que deja constancia del aquí y ahora y el allá y entonces.

- El viaje ha sido consustancial al periodismo. El buen periodista siempre ha sido buen viajero. Y el periodista viajero se caracteriza por su perspicacia, su espíritu inquisitivo, su capacidad de observación de todo y todos, de los detalles, los paisajes, los rostros y gestos, el temperamento de los personajes, las costumbres, etc.

- Ejemplos de grandes escritores viajeros: Claudio Magris (El infinito viajar y Danubio), Cees Nooteeboom (Hotel Nómada y Desvío a Santiago), Camilo José Cela (Viaje a la Alcarria y Del Miño al Bidasoa), José María Guelbenzu, Azorín. Y por supuesto, Kapuscinski.

- Recordemos la leyenda de Henry Morton Stanley (Bula Matari), quien viajó hasta el Congo en busca de Swaitzer. Y a Joseph Conrad y su Viaje al corazón de las tinieblas.

- El relato de viajes originó la historia del periodismo americano. Los cronistas llegaron en las carabelas: Pedro Cieza de León, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Gonzalo Fernández de Oviedo.

- A propósito de Fernández de Oviedo, Gustavo Arango Toro le rinde un homenaje en su libro más reciente, SANTA MARÍA DEL DIABLO, sobre Santa María la Antigua del Darién, la primera ciudad colombiana en tierra firme. La obra se basa en las crónicas de Fernández de Oviedo, funcionario de la expedición de Pedrarias Dávila y observador de la flora y la fauna y de los personajes nativos y españoles y sus costumbres.

- A pesar de la amenaza del inmovilismo, por el abuso de la internet en la consulta de fuentes, hay excelentes periodistas de viajes en la red, como Santiago Tejedor, quien escribe en línea pero vive recorriendo el mundo. Y no es desdeñable la consulta de la internet, el conocimiento mediante Google Earth, por ejemplo, pero hay que ir a los lugares, hablar con la gente, conocer tradiciones, costumbres y leyendas, etc.

-Este trabajo de  Juan Gonzalo Betancur es un excelente ejemplo de cómo el periodismo de viajes, que es esencial a nuestra profesión, sigue vigente y se enriquece con la intervención de un buen periodista y narrador. Es un testimonio de ese periodismo como viaje por el tiempo y el espacio, desde el origen hasta la desembocadura del río de la historia.


domingo, 8 de febrero de 2015

LA HISTORIA NOVELESCA DE
SANTA MARÍA LA ANTIGUA


Por Juan José García Posada

Santa María del Diablo es el título impactante de esta obra de Gustavo Arango Toro, publicada por Ediciones B, lanzada hace algunos días en la Biblioteca Pública Piloto. El autor ha enaltecido las colecciones literarias de la Editorial UPB y, como lo hemos resaltado en muchas ocasiones, es Doctor en Literatura, profesor desde hace años en universidades de los Estados Unidos, periodista y comunicador social egresado de la Bolivariana.

La impresión inicial que el libro me causó fue de sorpresa por el conflicto del título: ¿Cómo así que Santa María y Diablo? En realidad se refiere a la primera ciudad fundada en tierra firme en Colombia, Santa María la Antigua del Darién, hace ya cinco siglos. Ciudad que, de acuerdo con los datos aportados por el mismo autor y basados en estudios antropológicos y crónicas antiguas tuvo, en los pocos años que duró, una población superior a la de Madrid. Por diversas causas, que el escritor expone, la ciudad se extinguió y hoy en día se conservan vestigios, objeto de investigaciones muy reveladoras, como las que hizo en su tiempo el recordado profesor Graciliano Arcila Vélez, fundador, con Paul Rivet, de la ciencia antropológica en Colombia. De Santa María la Antigua, de las costumbres de los aborígenes, del paisaje, la geografía, la flora y la fauna y del protagonismo de conquistadores como el temible Pedrarias Dávila o como Balboa el descubridor del Pacífico, trata Gustavo Arango en este relato a modo de novela, de novela histórica apoyada, en gran parte, en los escritos enjundiosos del fecundo cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, autor de la muy extensa, intensa y prolija Historia General y Natural de las Indias.

Santa María del Diablo es un relato novelesco de impecable factura literaria. Tal vez en los primeros tramos de la lectura, a lo mejor porque es inevitable la localización espacio temporal del lector, es decir la contextualización, deja la sensación de una cierta lentitud. Pero va ganando en ritmo, incluso en suspenso, a medida que van avanzando los capítulos y se encuentra una narración inquietante, por los conocimientos que aporta sobre momentos y espacios olvidados en la historia y la geografía, por el tratamiento magistral de las situaciones que van entretejiéndose y recreándose con esa ficción legítima que invocan los periodistas que son cultores de la novela histórica y por la renovación de la vigencia del cronista original, Fernández de Oviedo, a quien no queda duda de que el autor está haciendo un elocuente reconocimiento en este libro.

Fernández de Oviedo tuvo un papel preeminente en el registro si se quiere minucioso del acontecimiento del encuentro de dos mundos, con Bernal Díaz del Castillo, Pedro Cieza de León, Fernández de Piedrahíta, Núñez Cabeza de Vaca y otros cronistas que llegaron a la América en las carabelas de los descubridores. Sin cronistas a bordo, la época de la Conquista habría quedado envuelta en la bruma del tiempo y nada quedaría, para los lectores y estudiosos de hoy, de unos sucesos que partieron en dos la historia. Sin las crónicas sí que se habría aumentado la leyenda negra que muchas personas continúan reeditando en los días actuales para desvirtuar la importancia capital que tuvo la llegada de los españoles a estas tierras, con todo y las barbaridades que algunos de ellos cometieron como feroces combatientes contra guerreros nativos no menos feroces, con el choque de enfermedades que diezmaron la población, pero, sobre todo, con la incorporación de los pueblos aborígenes a la civilización y la cultura occidentales gracias al idioma que ha hecho del orbe panhispánico una patria común, así como también de la religión y de las costumbres y tradiciones.

Este Fernández de Oviedo, quien aporta la fuente principal para la narración de Gustavo Arango, fue un personaje muy notable, más que en su condición de funcionario de la Corona por los merecimientos que acumuló página tras página como relator de lo que veía, oía y sentía paso a paso mientras formaba parte, al comienzo, de la expedición de Pedrarias Dávila, en las funciones de “veedor de la fundición de oro” y escribano real. Observador perspicaz, apuntador de cuanto dato interesante encontraba, notario de cada suceso, retratista de los individuos que iba conociendo, paisajista y explorador de las plantas y los animales, Fernández de Oviedo bien podría exaltarse a la condición de prototipo del periodista viajero, tal vez el primer periodista viajero que pisara el territorio americano. Periodista y novelista. Porque fue también el autor de la que podría ser catalogada como la primera novela escrita en estas latitudes, titulada Don Claribalte, en 1519, que relata asuntos de caballería, como correspondía a aquella época de la historia literaria en lengua española, cuando estaba todavía fresco el Quijote de Cervantes. Entre los libros de Fernández de Oviedo figuran  Batallas y quincuagenas (1550), las Reglas de la vida espiritual y secreta teología (1548), el Tratado general de todas las armas (1551), y el Libro de linajes y armas (1552). Era un hombre culto y no sería desatinado calificarlo como un exponente del humanismo renacentista, con el cual se relacionó en Italia, donde conoció a Leonardo y Miguel Ángel, como para desmentir la versión (otra vez la leyenda negra) según la cual en las carabelas sólo venían indeseables. Fernández de Oviedo estaba familiarizado con Tolomeo, Aristóteles, Plinio, Cicerón, Ovidio, Vitruvio, San Agustín y Petrarca.

Dice en la reseña de este libro, Santa María del Diablo, que “desborda los límites de la imaginación y explica en buena parte lo que ha sido Hispanoamérica desde entonces. Aquí están el deslumbramiento de los europeos con el Nuevo Mundo, el desconcierto y la aniquilación de las poblaciones nativas, la exuberancia de la naturaleza, el encuentro de culturas, las enfermedades de los cuerpos y las almas. El cielo y el infierno se juntaron en esta ciudad que fue escenario de convivencia apacible entre españoles e indios, pero también de intrigas, desafueros y grandes crueldades”. Tal es la invitación a leer esta obra, que ilustra sobre cuestiones fundamentales para conocer y comprender el verdadero sentido de la historia y la geografía, del allá y entonces y los reales orígenes de la sociedad nuestra. 

(Leído en el programa Coloquio de los Libros, por Radio Bolivariana, el sábado 7 de febrero de 2015).

miércoles, 28 de enero de 2015

LA LIBERTAD SIN RESPETO ES FUENTE DE DISCORDIA

Por Juan José García Posada

Artículo escrito para el Observatorio de Ética, Política y Sociedad de la UPB, enero de 2015.

Los límites éticos, en una sociedad inficionada por el relativismo valorativo, dejan de ser eficaces y se vuelven simbólicos. La libertad no es, en el concepto clásico, la facultad de hacer todo lo que quiera hacerse, sino lo que deba hacerse. Es decir que la libertad, para el ser humano dotado de libre albedrío, pero también de autonomía y criterio de responsabilidad y de sindéresis, tiene un contenido y una finalidad éticos, debe tender a un bien, no a un mal, a un beneficio para el individuo y la sociedad y no a un perjuicio. Así la comprendió Aristóteles en la Ética Nicomaquea y la han entendido muchos pensadores a lo largo de la historia de las ideas.

Pero hay también una tendencia a considerar la libertad como un privilegio ilímite, que puede ejercerse para bien o para mal, despojado de principios y fines éticos. Esta es la libertad que suele confundirse con el libertinaje y es la que se pretende aplicarse desde medios periodísticos desaforados, como en el caso de aquellos que no reconocen ni valoran lo que significa el respeto a los demás, a las ideas y los valores, a las creencias políticas, religiosas, o de cualquier índole.

En relación con el periodismo, donde se sintetizan paradigmas de libertad como los de expresión y opinión, todos los códigos éticos establecen normas regulatorias, que fijan límites a la libertad: El respeto a los credos religiosos está consagrado en códigos muy conocidos, como el de la Unión Europea. No obstante, esas normas tienen, como sucede ahora, una eficacia simbólica. Están escritas, sus preceptos son inequívocos, y legitiman el autocontrol razonable de las decisiones periodísticas, pero al mismo tiempo, en nombre de las libertades de expresión y de opinión, se admite que el periodista pueda invocar el derecho a expresarse y opinar sin controles autónomos o heterónomos, sin que por ello sea sometido a censura previa. Para incurrir en una infracción debe permitirse que se actúe o se deje de actuar.

En el caso de Charlie Hebdo, el muy controvertido semanario caricaturesco parisino, para nuestro modo de pensar y obrar éticos sus publicaciones son insolentes, retadoras, provocadoras, imprudentes en el amplio sentido del término. Son inaceptables porque irrespetan creencias religiosas, pero, además, porque generan reacciones extremistas, integristas o fundamentalistas, que no son las de todos los que profesan la religión o las religiones ofendidas, sino de sectores o sectas radicales e irracionales, como la de quienes perpetraron el asesinato de once periodistas y un policía en París, comparables a las de todos aquellos que en la actualidad o en el pasado se han sentido con derecho a eliminar vidas humanas en nombre de su dios o sus dioses.

En artículo reciente publicado en El Colombiano, escribí, a propósito:

Charlie Hebdo es el símbolo de un tipo de periodismo retador, insolente, mortificante, pero que tiene que soportarse en nombre de la libertad, incluso de un concepto desmadrado de libertad, no como la facultad de hacer lo que debe hacerse, sino, al contrario, de lo que no debe hacerse. Nada puede justificar el asesinato perpetrado en París por unos bárbaros brutales. Más todavía: Ese periodismo del semanario humorístico y crítico, provocador y desafiante, es una representación de la figura histórica del bufón, individuo de origen griego y romano, tolerado en las cortes medievales por sus payasadas, sus chistes y burlas, incluso al soberano, porque su función primordial consiste en decir en público lo que muchísimos súbditos solo se atreven a hablar en privado.

El bufón ha sido personaje en las artes y las letras. El Falstaff de Shakespeare y de la comedia lírica de Verdi, los bufones como Calabacillas y Nicolasito Pertusato retratados por Velázquez, el famoso Triboulet de Víctor Hugo en El rey se divierte. ¡Si cuentan que hasta Atila, el más bárbaro de los bárbaros, andaba con su bufón Zerco! Pero ahí está el punto crítico de ruptura entre civilización y barbarie: Cuando el bárbaro además es cretino, no puede aguantar las bufonadas y busca al bufón hasta matarlo, como ha sucedido en el espantoso acontecimiento de Francia, cuna de la libertad y albergue paradojal, en nombre de la tolerancia, de ángeles de la muerte resueltos a exterminar en defensa de su presunto credo religioso.

No comparto la idea ni la práctica del irrespeto a ninguna religión. El irrespeto es el último grito de la moda actual. Ahí comienza el debilitamiento de la integridad de cualquier sociedad. Pero menos puedo admitir que al irrespetuoso se le aniquile. Hay que tolerarlo. Hay que dejar que discurra esa forma no deseable pero real de periodismo. Allá los bufones, si abusan de la libertad, pero para que puedan ser responsables de abusar hay que dejar que actúen, sin censura previa. Más vale una prensa desbocada que una prensa censurada, se ha dicho, así no se ajuste al modelo ético civilizado. Las normas de ética de la profesión periodística establecen el deber de no discriminar, de respetar las creencias religiosas. Cito como ejemplo el Código Deontológico de Estrasburgo, aprobado por la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, desde 1993. En el caso de Charlie Hebdo la regla ética solo ha tenido eficacia simbólica. Pero no por esto, no por el hecho de que se irrespete y se vulnere el sentimiento religioso de alguien, por más fanáticos y extremistas que pueda haber en esa religión, pueden ser legítimas la eliminación del violador, ni la mordaza. Matar al bufón evidencia la extrema brutalidad de la barbarie. (Columna Teclado, El Colombiano, 12 de enero de 2015).

En otros términos, si nos parecen reprobables las publicaciones de Charlie Hebdo, por lo que se ha dicho, es decir porque están en abierto desafío a las normas éticas del periodismo y a quienes convierten en objeto de burlas y caricaturas, así como tienen que ser reprobables con energía las reacciones criminales y desproporcionadas de los que eliminaron a los once periodistas que estaban reunidos en el consejo de redacción del semanario.

Pero surge entonces otro elemento en el debate y es la protesta casi unánime de los llamados líderes mundiales, con la multitudinaria manifestación realizada en París, que, a mi modo de ver, no fue en ningún momento de rechazo contra el irrespeto a los credos religiosos sino sólo de condena a la matanza. Fue una demostración muy elocuente en defensa del valor de la libertad, en la cuna de  la Ilustración. Pero al mismo tiempo dejó la sensación de que se amparaba una corriente de laicismo radical y se ignoraba el significado profundo y trascendental de la religión como factor constitutivo de la misma civilización cuyos principios y valores se pretende salvaguardar: La civilización occidental tiene en la religión una fuente primordial y por consiguiente en nombre de la racionalidad ilustrada es una equivocación abstenerse de defender el respeto a la religión y las religiones como condición necesaria para que la libertad se usufructúe con criterio ético.

Es repudiable, por supuesto, que se elimine al bufón, representado en la publicación humorística. Pero esto no puede equivaler a aplaudir todo lo que diga o haga el bufón, todas sus temeridades en nombre de una mal entendida libertad. Lo que hace a los hombres civilizados parecidos a los bárbaros es, como lo afirma Tzvetan Todorov en El miedo a los bárbaros(libro cuya lectura estoy recomendando), el hecho de reaccionar contra la barbarie con instrumentos y argumentos que entran en conflicto con las bases de la civilización. Esta obra ha sido calificada de réplica a la de Huntington, El choque de civilizaciones. Todorov sostiene, en gran síntesis, que el miedo a los bárbaros es lo que nos hace bárbaros. Es precisamente al temer la sinrazón de los otros cuando nos hacemos otros para nosotros mismos, y acabamos convirtiéndonos en aquellos bárbaros que tanto temíamos.

Más todavía: Está muy bien defender la libertad, pero si la libertad no reconoce el respeto a la diferencia, al derecho de otros a creer y pensar distinto, es imposible defender también la fraternidad y la igualdad, principios esenciales de la racionalidad ilustrada en cuyo nombre se protesta contra la barbarie. ¿Qué fraternidad puede haber en una sociedad en la cual se ridiculiza, se caricaturiza, se insulta al que piensa y cree distinto? ¿Qué igualdad habrá donde se abuse de las ventajas que da el uso de medios de comunicación para imponer el predominio de juicios de valor descalificatorios y opiniones exclusivas y excluyentes? La libertad sin respeto es fuente de discordia y negación de la convivencia.



LA LLEGADA DE LOS 10.000

Por JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA

El año universitario comienza con la enorme expectativa que se ha abierto frente al programa Ser pilo paga, creado en buen momento por la nueva Ministra de Educación, mediante el cual se premia con becas en universidades acreditadas a 10.000 estudiantes que superaron los 310 puntos en las pruebas oficiales y están catalogados en estratos socioeconómicos del 1 al 3.

Lo más importante de este programa innovador, por cuya consolidación tienen que hacer fuerza las instituciones universitarias, el gobierno y los estudiantes, consiste en que se desvirtúa la vieja falacia de la simetría entre el nivel económico y el cultural. Hacer de la buena educación una causa común y comprometerse con la estrategia de estimular a los mejores por sus capacidades y competencias, es la base de una sociedad incluyente y democrática.

Algunos comentaristas han preguntado cómo se alistan las universidades para incorporar a los 10.000 primíparos. Se informa acerca de la adopción de planes de tutoría, facilitación de recursos, bienestar estudiantil y, sobre todo, aseguramiento de la permanencia y control de la deserción.

Expongo dos hipótesis para responder a tales observaciones, con base en la comprobación por experiencia propia y directa:

Primero, las universidades que tienen vocación policlasista, acreditación de alta calidad y organización sólida y confiable ofrecen las mejores garantías de estabilidad y apoyo a la adaptabilidad de los nuevos alumnos. He estudiado y trabajado a lo largo de mi vida en establecimientos de educación superior en los cuales la condición socioeconómica nunca ha sido factor discriminatorio y se ha asegurado la igualdad de oportunidades. No es ninguna novedad que ahora reciban a unos alumnos más de niveles 1, 2 y 3, si de tiempo atrás han tenido métodos de financiación comparables al de Ser pilo paga y si en su espíritu fundacional, sus propósitos educativos y sus planes de desarrollo está grabado y se cumple el respeto a la diversidad.

Segundo: Está demostrado que, salvo situaciones excepcionales, el alto rendimiento en la secundaria se mantiene constante en el pregrado y el posgrado y en la vida profesional. El buen estudiante, más todavía si tiene que afrontar retos como los que ahora se plantean, sigue siéndolo por siempre.

El poder del saber no puede reservarse a los que tengan el poder de tener. Ahí empieza a perfilarse una verdadera meritocracia, concordante con la finalidad de ética social de formar aristocracias del espíritu y la excelencia intelectual. Se abre una amplia perspectiva para que las oportunidades de acceso a la educación superior se amplíen, en este país que figura por motivos creíbles como uno de los menos equitativos del mundo. La llegada de los 10.000 ayuda a conjurar la mayor pobreza, la peor desgracia: La ignorancia, el quinto jinete apocalíptico.


domingo, 25 de noviembre de 2012

El silencio elocuente de Mo Yan

Por Juan José García Posada


Es la sutileza, es la finura en la descripción de los detalles de apariencia irrelevante que se tornan trascendentes y es también la transparencia de las ideas lo que más me ha impresionado, en algunos instantes hasta quedar conmovido, del estilo del escritor chino Mo Yan, quien el 10 de diciembre recibirá el Premio Nobel de Literatura que se le otorgó hace un mes.

Varias de las obras de Mo Yan están en Medellín desde hace una semana. Hablo de La república del vino, Las baladas del ajo, La vida y la muerte me están desgastando, Shifu harías cualquier cosa por divertirte y Grandes pechos amplias caderas. Ya había visto en internet, el día de la proclamación por el jurado del Nobel, otra novela, también traducida al español, que se titula Sorgo rojo. Escogí, para avanzar en el conocimiento de este personaje, Shifu harías cualquier cosa por divertirte. Shifu es algo así como maestro. Es una selección de relatos que tienen la magia y el encanto no sólo de la buena literatura, sino, sobre todo, de una literatura que sigue conservando su inmenso exotismo. Es, por así decirlo, de otro mundo, de otra dimensión de la condición humana, de otro modo de sentir, pensar y mirar el cosmos, la sociedad y a los demás. Al leer a Mo Yan (como también cuando leía a Lin Yutang y a Gao Xingjiang) he experimentado una sensación comparable a la del paso de Occidente a Oriente, cuando el avión de China Air se elevó de Anchorage, en el Círculo Polar Ártico, con rumbo al Asia y en particular a China. Leer autores clásicos chinos es viajar a un mundo distinto.

Esta selección de ocho relatos de Mo Yan y muy en especial el testimonio personalísimo del escritor en las páginas introductorias, confirman el hallazgo de un lenguaje prodigioso, al que no estamos acostumbrados en el ámbito bibliográfico y literario nuestro, por más que se haya dicho, creo que muy a la ligera, que Mo Yan refleja un modo de realismo mágico y que habría tenido influencia de García Márquez, tal vez porque en algunos de sus escritos salen personajes volando, como si esto fuera suficiente para identificar una plena analogía con Cien años de soledad. Pienso que estas son conjeturas que no están conectadas con lo real. Lo mágico no estaría en la fabulación, sino en la rareza embrujadora del lenguaje.

Mo Yan revela una sencillez y una honradez intelectual que impactan. Es ajeno al fingimiento, como cuando declara que su vocación de escritor se despertó con el hambre de los tiempos de su infancia. Este solo fragmento es elocuente: "En la primavera de 1961 entregaron un montón de carbón brillante a mi escuela de primaria. Nosotros vivíamos tan ajenos a la realidad que no sabíamos qué era. Pero uno de los niños más listos cogió un trocito y comenzó a devorarlo. La expresión de éxtasis de su cara significaba que eso debía estar rico, así que nos lanzamos sobre él, agarrando unos cuantos pedazos y empezamos a devorarlos. Cuanto más comía mejor sabía esta cosa. Hasta que ya se convertía en algo absolutamente delicioso. Entonces varios adultos del pueblo que estaban mirándonos se acercaron para comprobar qué estábamos comiendo con semejante placer, y se unieron a nosotros... Hacíamos muchísimas cosas divertidas. En el primer puesto de la lista estaba comer cosas que nunca antes habíamos pensado que fuera comida".

Es natural que haya afinidades, para nosotros los lectores occidentales, entre el nuevo Premio Nobel Mo Yan y el escritor también chino Gao Xingjiang, quien obtuvo el premio en el año 2000. Afinidades de índole literaria, como también de carácter político. Recuerdo que Gao Xingjiang tuvo en su momento la condición de disidente. Desde cuando su obra empezó a ser vetada por el régimen chino comenzó a caer en desgracia. Viajó a Francia, donde creo que todavía vive. Su obra maestra, la novela La montaña del alma (publicada en 1990) revela ese afán de libertad que también se vislumbra en las obras de Mo Yan. A propósito, recuerdo que Mo Yan es el seudónimo adoptado por el autor para acoger la recomendación de su madre de que no hablara tanto: Mo Yan significa No hables. La obra de Mo Yan es una puerta dimensional hacia la creación de un autor que encarna la reclamación del derecho a la palabra dicha y escrita. Lo que he leído hasta ahora de Mo Yan me confirma que evidencia un potente componente crítico: Tiene las características de perspicaz versión metafórica de un sistema totalitario, con sus injusticias, aberraciones e inhumanidades.

Pero estas afirmaciones para recomendarles la lectura del Nobel chino a los buenos lectores y a los oyentes del Coloquio de los Libros por Radio Bolivariana, carecerían de respaldo si no fuera porque la traducción, para quienes nada entendemos de su idioma original, es impecable y ofrece indicios suficientes para considerarla fidedigna. La ha hecho la española Cora Tiedra García, para estas ediciones de la Editorial Kailas. La obra de Mo Yan es lo máximo en los días actuales, cuando nos alistamos para saludar una temporada de grata lectura.

Leído en el programa semanal Coloquio de los Libros, por Radio Bolivariana, el sábado 24 de noviembre de 2012.


viernes, 5 de octubre de 2012


CIUDAD GÓTICA, UNA
METÁFORA DE MEDELLÍN

Por JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA

El miedo que está afectando a muchísimos habitantes de Medellín, por la inseguridad ambiental y hasta por la agresividad que desata un partido de fútbol que debería ser una fiesta, se parece, guardadas las proporciones, al de los conciudadanos de Batman en la pavorosa Ciudad Gótica de la película más reciente del superhéroe.

El colmo del deterioro de la vida urbana es la arremetida frecuente de las minorías de hinchas furibundos que suelen apoderarse del sector circundante de la unidad deportiva Atanasio Girardot, antes un vividero ideal y ahora un espacio insoportable para el vecindario, que protesta con razón por lo que nunca se imaginó que iría a protestar.

Esa invasión intimidatoria de hordas de aficionados en las tardes y noches futboleras por los contornos del Estadio, es un síntoma insólito de alteración de la convivencia. El deporte no debería ser detonante del fanatismo sino generador de civilidad. No hay derecho a que se confunda con realidades tan graves como la proliferación de combos aguerridos y la expansión de la delincuencia común en el centro y los barrios.

Si no puede evitarse ni controlarse el miedo de la gente a quedar dominada por fuerzas criminales, la calidad de vida de una ciudad es una falacia, así el desarrollo material sea imparable. El miedo impide relacionarse con los demás, encontrarse en el espacio público, andar sin sospechas de agresión, dejar de sentirse forastero en el paisaje familiar que representa la patria original.

Es obvio que la interpretación de los problemas urbanos sea fundamental. Hay valiosos estudios y reflexiones sobre Medellín. Líderes sociales, universitarios y periodistas debemos comprender esta ciudad complejísima y colmada de contrastes. Pongo como ejemplo de trabajo serio y consecuente el primer título de la Colección Hermenéutica Urbana, que hemos creado en la UPB y presentamos en la Fiesta del Libro, del cual es compilador el arquitecto Ignacio René Uribe López, con un competente equipo interdisciplinario.

Pero las soluciones debe aplicarlas el gobierno local. Debe demostrar presencia eficaz de la autoridad y realizaciones por el bien común. La alarmante falta de equidad es uno de los factores de inseguridad e inestabilidad. ¿Se olvidaron los compromisos éticos de construir un modelo de solidaridad y justicia social? Es inconcebible que no se aprenda del tesoro de los errores, la violencia siga extendiéndose, la desigualdad se agudice y Medellín muestre una tasa ascendente de desempleo del 13.3%, superior a la del país, del 10.5%.

No renuncio al realismo optimista. A pesar de las evidencias rutinarias, pienso que Ciudad Gótica es sólo metáfora transitoria y no figuración definitiva de nuestra ciudad. Ojalá no acabemos conformándonos con la ilusión de que sólo el poder de Batman nos ayudará a botar lejísimos el miedo circundante.


martes, 25 de septiembre de 2012

La política será ética o no será

LA POLÍTICA SERÁ

ÉTICA O NO SERÁ

Por Juan José García Posada


Editorial de la revista Analecta Política,
 de la Facultad de Ciencias Políticas de la UPB.

En emisión reciente del programa En rojo y negro, que la Universidad Pontificia Bolivariana realiza en el canal Televida, profesores de diferentes áreas del saber fuimos invitados a exponer opiniones sobre las relaciones entre la ética y la política. Hay una cuestión nuclear cuando se afronta este asunto: ¿Es posible que el obrar ético le infunda credibilidad y transparencia a la acción política? No es una pregunta de fácil respuesta, ni en Colombia ni en países que aventajan al nuestro en materia de cultura política y organización democrática, pero en los cuales también se verifican episodios escandalosos, denotativos de falta de coherencia entre el deber ser y la realidad cuando se trata de la administración y el control del poder y los poderes públicos.

La clase política no sólo tiene mala prensa, como suele decirse, sino que también aparece en un grado muy inferior en diversas encuestas nacionales y mundiales sobre transparencia, credibilidad y confiabilidad. Es recurrente la invocación de la antigua idea según la cual la política y el poder forman una maquinaria infernal milenaria, arrasadora e implacable. De ahí se ha desprendido cierta creencia generalizada en que no es posible encontrar sobre el planeta a un solo hombre justo, a un solo político impoluto y libre de sospecha. A Maquiavelo se le atribuye la justificación de los medios, sean cuales fueren, con tal de obtener los fines que se persigan. Las costumbres abyectas, la proclividad de no pocos políticos a reproducir comportamientos reñidos con los valores, las pruebas reunidas día tras día en las noticias que difunden los medios informativos sobre actuaciones turbias de representantes elegidos por votación popular, funcionarios o líderes de partidos y movimientos, estarían confirmando la veracidad de tales presunciones.

¿Pero acaso es imposible desplegar estrategias y tácticas depurativas de la política? ¿La dignificación de una actividad que desde los comienzos de la historia de la sociedad ha sido inseparable de la condición humana es acaso una causa perdida? ¿El hombre como animal político (sean cuales fueren su rol, su notoriedad o su rango en la jerarquía del actuar político), en definitiva es incapaz de comportarse conforme con normas fundamentales de veracidad, equidad y altruismo y ha de ser, de modo inexorable, un sujeto protervo en tanto y cuanto se contamine del virus corruptor de la política, en mayor o menor grado? ¿No puede refutarse con hechos y realizaciones la diatriba de San Agustín contra los políticos, a los que sindicaba de ser piratas y asaltantes de la cosa pública?

Todas las actividades humanas pueden ser tachadas cuando se les hace un escrutinio más o menos riguroso y se ponen en la balanza sus errores y aciertos. No hay sobre la esfera terrestre una sola profesión, un solo oficio, público o privado, que en determinadas circunstancias no tengan su hora de tinieblas. Pero es la política, por su carácter envolvente y porque atraviesa todos los intereses humanos y sociales, la que está llamada a cargar con la mayor parte del peso de la culpa cuando se pretende criticar su eticidad. La conducta de los políticos puede producir inmenso beneficio general, pero también puede ocasionar daños monstruosos e irreparables en la sociedad. Un error político puede causar pérdida de vidas humanas, desequilibrios insuperables en el funcionamiento de pueblos enteros, dilapidación de dineros y recursos de la comunidad, injusticia, indignación y perjuicios directos o colaterales de magnitudes descomunales.
El carácter público de la política es lo que marca el altísimo riesgo inherente al actuar u omitir de políticos y funcionarios y lo escandaloso de la apropiación indebida de bienes, servicios y recursos que han sido reunidos gracias al trabajo, el esfuerzo y la confianza de los asociados, como contribuyentes del régimen tributario, como usuarios y clientes y como ciudadanos que generan cuotas de riqueza y bienestar y tienen derecho a esperar del Estado y quienes lo dirigen una reciprocidad proporcional a sus aportaciones, convertida en soluciones eficaces para los diversos problemas comunes.

En líneas generales, en el programa de televisión referido se trató con ponderación sobre las responsabilidades, los alcances y limitaciones y las perspectivas éticas de la política y los políticos. La política sí puede estar orientada con base en unos mínimos éticos. No sería razonable una ética de máximos, integrista y por consiguiente imposible para seres humanos. Asumir una actitud de optimismo realista, que venza el catastrofismo y el casandrismo propios de los profetas de desastres, es una opción razonable frente a este asunto capital.

No obstante, el mejoramiento cualitativo de la política y los políticos no pueden lograrse por inercia ni con la repetición ingenua de buenos consejos. Es pertinente pensar, en primer término, en la fuerza vinculante y si se quiere coercitiva de los pactos éticos y acuerdos sobre las cuestiones fundamentales, que reúnan a todos aquellos que, sean cuales fueren sus credos ideológicos, tendencias y matices, estén decididos a comprometerse con propósitos esenciales de búsqueda del bien común y a proscribir en forma radical cualquier conato de aprovechamiento de lo público en beneficio particular.

Se propone un giro ético, mediante el cual el político, en su condición de ciudadano y de miembro de una colectividad partidista, le sirva a un proyecto realizable y no al contrario como ha venido sucediendo en gran parte de los casos. Un proyecto que esté iluminado por la ética no sólo en los propósitos sino también en los objetivos, los métodos y los resultados. Ese proyecto debe consultar expectativas, reclamos y requerimientos de la gente, que necesita organizar instrumentos de control social por medio de los cuales y con el respaldo de los medios periodísticos interpele en forma constante a los mandatarios o aspirantes a serlo y reclamen el cumplimiento de sus responsabilidades, para aplicarles los reconocimientos o las sanciones condignas y evitar la reincidencia fatal en la elección de los mismos con las mismas. De la insistencia en la necesidad de institucionalizar en realidad los partidos y movimientos y dignificar en forma efectiva y creíble la política mediante un marco normativo jurídico y ético de obligatorio cumplimiento, de la asunción de los deberes sociales por los políticos, del trabajo educativo y formativo que efectúen la Universidad y el Periodismo como fuentes de cultura y de la aparición de una generación de relevo que merezca la confianza, la credibilidad y el respaldo general, puede surgir con el paso del tiempo, aunque no se vislumbre en el porvenir inmediato, una nueva clase política respetable y digna de contribuir a la consolidación de la sociedad abierta y democrática. En parafraseo de quienes han advertido que el Siglo Veintiuno será ético o no será, podemos concluir que la política será ética o desaparecerá del escenario social.