martes, 29 de agosto de 2017

EL SOFISMA DE LA RAZÓN SOLITARIA

Por JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA

Justificación ética del razonamiento sobre la argumentación periodística, necesario para enriquecer las bases filosóficas y metodológicas del periodismo de opinión o argumentativo. Si bien es cierto que la argumentación se ha desarrollado en la filosofía, el derecho y la teología y otras disciplinas, en el periodismo ha faltado un planteamiento que sea concordante con el dinamismo y los avances de la cultura profesional y, en particular, la presencia influyente de las audiencias, que deben tenerse presentes para argumentar de cara a la realidad y las expectativas de la gente.

Suele decirse que la razón se defiende sola, así como también sucedería con la verdad y el derecho. Es un sofisma. La razón solitaria, expósita, puede quedar condenada a la derrota. Por lo menos al desconocimiento. Por desánimo, negligencia o descuido, razones de peso pueden diluirse hasta desaparecer.

En el trabajo intelectual de opinar en busca de sentido para interpretar los hechos de actualidad, abstenerse de defender la razón con argumentos puede equivaler a un acto de irresponsabilidad. Es erróneo presumir que los motivos, los argumentos, estén implícitos y no sea necesario defenderlos mediante un agudo y sostenido ejercicio dialéctico.

Cuando se cree que se tiene la razón, hay que defenderla. No hacerlo implica la posibilidad de hacer concesiones inaceptables. No argumentar con la falsa idea de que, así permanezcamos en actitud pasiva, la gente comprenderá y nos reconocerá que nos asisten los mejores motivos, es un disparate. Por supuesto que opinar y argumentar comportan un ejercicio libre. El comentarista puede opinar o dejar de opinar. Una decisión puede ser activa o pasiva. Sin embargo, es cuestionable la eticidad de mantener silencio cuando se está ante el deber de actuar y decir. Puede tratarse de un silencio cómplice, de un silencio culposo.

Ante la realidad, el buscador de sentido puede asentir o disentir, estar de acuerdo o discordar. Pero no es aceptable ni recomendable mantenerse en silencio, a menos que tal actitud se justifique por motivos de necesaria prudencia. Es cierto que hay circunstancias en las cuales puede aceptarse guardar silencio y dejar la argumentación para cuando sea propicio exponerla. A veces hay riesgos inútiles, que no tiene sentido asumir: La inminencia de peligro mayor, la esterilidad de una argumentación porque se tiene la certidumbre de que nadie va a escucharla o a comprenderla, etc. Son situaciones en las cuales resulta apenas obvio que priman la protección de la vida, la integridad o la seguridad y la salvaguarda misma de la verdad que vaya a defenderse. Pero, salvo en tales momentos, abstenerse de argumentar puede carecer de justificación y más bien puede interpretarse como una demostración de pusilanimidad, de falta de coraje o de indiferencia para asumir una responsabilidad.

Ni la razón, ni la verdad, ni los derechos se defienden solos. El dicho popular según el cual “la razón pelea sola” es falaz. Así como los valores no son por ellos mismos sino que valen y, por consiguiente, hay que hacerlos valer, también los derechos, las verdades y la razón deben hacerse valer para que merezcan reconocimiento. Es un deber ético de primer orden. Un derecho puede estar definido y consagrado por la ley, pero si no se hace valer se queda en la abstracción hasta diluirse y perderse.


De ahí, entonces, el porqué de la eticidad de la argumentación y del consiguiente ejercicio dialéctico. Argumentar no es una dedicación felicitaría, un entretenimiento (que, de hecho, podría serlo, claro está, pero no es esa su verdadera justificación). Es una tarea de profundo contenido ético para quien identifica y asume el deber de contribuir a la búsqueda de sentido, a la exploración de la razón de ser de los hechos, a la explicación del porqué de los fenómenos que circulan en el entorno de la actualidad y el interés público, más todavía en momentos en que la razón está siendo amenazada por la sinrazón de la fuerza y la verdad parece condenada a desaparecer. Argumentar con las mejores razones no es sólo un divertimento sino un compromiso inherente al trabajo interpretativo del comentarista.




martes, 22 de agosto de 2017

EL SINSENTIDO DE LA POLARIZACIÓN

Por Juan José García Posada

La polarización en el campo de las actitudes intelectuales frente a la realidad, cuando se apoya en el capricho arcaico de la división entre izquierdas y derechas, encierra un total sinsentido. Es absurda. No es razonable. Reduce las ideas a dos polos opuestos, entre los cuales no suele aceptarse que haya matices, tonalidades, diversidades.

Una de las conclusiones que pueden obtenerse de la entrevista con la politóloga guatemalteca Gloria Álvarez en Argentina, así como de la lectura y la apreciación de varias de sus intervenciones recientes en diferentes escenarios de América Latina, consiste en que invita a asumir posiciones de verdad independientes, a hacer a un lado la sujeción a veces ciega y torpe a determinadas ideologías y a la simplificación de todos los ejercicios dialécticos mediante la división facilista entre izquierda y derecha.

Ante la complejidad de las realidades sociales, políticas, económicas y culturales de nuestras naciones y nuestros continentes, hoy en día no es posible alcanzar una aproximación sensata a la verdad si no nos despojamos de las contramarcas de izquierda o derecha. Ambos extremos, además, suelen tocarse, tener afinidades que parecen paradójicas, asociarse y asimilarse en no pocos enfoques. 

Pero, sobre todo, esa polarización es excluyente, encierra en el todo o nada, descalifica las posiciones independientes y no comprometidas y hace que se diluya la posibilidad de encontrar alternativas diferentes, porque siempre se estará pensando con sujeción a los cánones rígidos de uno de los dos extremos ideológicos.

El estricto e inflexible sometimiento a los dictados ideológicos lleva implícita una inaceptable negación de la libertad. Es una claudicación, una cesión penosa de la independencia crítica, en todo contraria a la que debe ser la auténtica vocación del intelectual, llamado a mantener una distancia inteligente frente al caudal de la realidad. 

Dejarse envolver por los hechos puede conducir a un deplorable naufragio y, por supuesto, a la renuncia imperdonable al derecho de opinar de acuerdo con la propia conciencia.

En la tríada de derechos que explica Gloria Álvarez están la vida, la propiedad (física y mental) y la libertad. Por consiguiente, recortar la libertad y hacer concesiones con desmedro de la propiedad mental es algo que puede causar una limitación del derecho a una vida digna.

¿Qué sentido tiene formarse, educarse, leer y estudiar, buscar la interpretación honrada de los acontecimientos y pretender que cambien las circunstancias, si no se defiende el deber de hacer valer los derechos fundamentales (aceptemos que sean los tres enunciados) y sostener una distancia crítica y una independencia tales que nos impulsen a vivir con sentido y con fidelidad inquebrantable a la propia conciencia?


lunes, 7 de agosto de 2017

LA CIUDAD QUE PERDIMOS

Cuando la noche era silenciosa

Juan José García Posada


En la Librería de la UPB


lunes, 1 de junio de 2015

Número cero, de Umberto Eco:


ALERTA SOBRE CIERTO PERIODISMO


Por Juan José García Posada

Número cero, de Umberto Eco, es una novela entretenida, sencilla en su estructura, intrigante después de que se leen con moderado entusiasmo las primeras cuarenta páginas, próxima al carácter detectivesco e inquisitivo que marcó el destino de El nombre de la rosa, y al mismo tiempo sindicadora de un conjunto de perversiones y fallas éticas del periodismo.

Las reuniones que efectúa un incipiente equipo de redacción se orientan a la tarea de planear la edición cero, de prueba, del periódico Domani, cuyo jefe de redacción es un tal Colonna, un individuo que deja el oficio de documentalista para dedicarse a la actividad periodística. Sin que aparezca en escena, se menciona con frecuencia al mentor y patrocinador máximo de la publicación, el Commendatore Vimercati, como si fuera el que mueve desde las sombras los hilos del poder y de cuyos propóstos e intenciones serían ejecutores el director, el jefe de reacción y los redactores.

En las reuniones participan el opaco pero malicioso director Simei, el mencionado Colonna y seis redactores de  tendencias muy diversas, que pasan por el sensacionalismo y la frivolidad y llegan hasta el idealismo de Maia, la única mujer de la redacción y al final la pareja de Colonna.

Las reuniones preparatorias se desarrollan en unas oficinas cómodas de Milán y los organizadores de la edición número cero procuran la elaboración de una agenda en la cual incluyen los temas habituales y cuestiones escandalosas como los secretos de la Cïa, la curiosidad por las intimidades del Vaticano y las circunstancias que antecedieron, rodearon y sucedieron la muerte del duce y líder fascista italiano Benito Mussolini.

Es una novela en la cual toca leer algunos pasajes de extraña monotonía. Todo un capítulo se lo dedica Eco a la relación que uno de los redactores, el lenguaraz Bragadoccio, hace de marcas y características de automóviles. Esta parte es de una lentitud insoportable. Contrasta con la agilidad con que discurre en general el relato y con la vivacidad y la agudeza de los diálogos, en los cuales Umberto Eco parece como si hubiera pretendido incorporar una gran síntesis de lo que no debe hacerse, desde el punto de vista ético, en el periodismo: Cada propuesta más o menos seria y pertinente de alguno de los redactores resulta cuestionada porque podría contradecir  al Commendatore.

En Número cero hay alusiones a los celos entre docentes en la vida universitaria, escenas de la vida en las aulas, definiciones de lo que es un perdedor (como se dice que era Colonna, ejemplos de temas que serían utilizados por el Commendatore Vimercati para extorsionar o chantajear a diversos personajes con la amenaza de la edición Número cero, enunciado de las características que podrían distinguir un periódico y algunas reflexiones sobre la mentira y la sospecha. Se insiste en la separación entre los hechos y las opiniones y ese principio tradicional del periodismo y se lee una parodia risible sobre el manejo de los desmentidos, con una carta en la cual un tal Preciso Desmentidillo quiere rectificar una información falsa sobre los Idus de marzo y el asesinato de Julio César.

Hay otros momentos de humor, como el del juego casi pueril de los porqués, parecido al de los chistes sobre los elefantes. La ilusión y el desencanto de la periodista Maia surgen y se ocultan con alternancia en cada sesión del equipo de redacción, cuando propone temas que no resultan aceptados puesto que afectarían las relaciones con el Commendatore, es decir el poder oculto del periódico, que puede ser como el lector quiera imaginárselo. Los episodios referentes a la fuga y la presunta muerte o la presunta huida de Mussolini a la Argentina (una leyenda que Eco retoma en esta novela) van redondeando la narración y concentrándola en una cuestión central, hasta cuando el dicharachero Bragadoccio aparece muerto en una calle tenebrosa, quizás porque sabía demasiado y hablaba demasiado. Este asesinato es un misterio, que acaba por frustrar el proceso de creación del periódico y por hacer salir a sus organizadores hacia distintos escondites, como el de Colonna y Maia en un refugio rural.

Esta novela (publicada por Editorial Lumen en este año) entraña una crítica severa de Eco al antiperiodismo y una declaración de desencanto con la realidad actual, no sólo en Italia sino en el mundo, muy en especial por la propagación de la corrupción, la mentira y el engaño. Al mismo tiempo representa una renovada advertencia sobre el poder inexorable del periodismo, para el bien o para el mal, pero, al fin y al cabo, un poder que puede ayudar a construir o a destruir.

Casi un punto de vista recurrente es este, que puede leerse en el libro: “El caso es que los periódicos no están hechos para difundir sino para encubrir noticias. Sucede el hecho X, no puedes obviarlo, pero, como pone en apuros a demasiada gente, en ese mismo número te marcas unos titulones que le ponen a uno los pelos de punta: madre degüella a sus cuatro hijos, quizá nuestros ahorros acaben en cenizas, se descubre una carta de insultos de Garibaldi a Nino Bixio y, hala, tu noticia se ahoga en el gran mar de la información”. El escándalo de ayer queda tapado por el de hoy, el de hoy por el de mañana y así en forma sucesiva, podría concluirse.

Esta novela de Umberto Eco no es lo máximo que haya escrito el lúcido ensayista y escritor. Ni riesgos de compararla con El nombre de la rosa. Pero tiene el mérito de llamar la atención sobre una de las cuestiones esenciales de la agenda de discusiones en cualquier sociedad: El deber ser ético del periodismo y los medios de comunicaciones, sus alcances y limitaciones, el poder de un periódico, así ni siquiera haya alcanzado a salir a circulación la edición Número cero. Para los debates académicos, mediáticos y gremiales sobre el Periodismo, esta novela es un dinamizador de primer orden. Por esas razones quiero compartir su lectura hoy en el Coloquio de los Libros.


(Leído en el Coloquio de los Libros, por Radio Bolivariana, el sábado 30 de mayo de 2015).


jueves, 16 de abril de 2015

Filosofía del Periodismo

LA INTEGRALIIDAD COMO HAMACA


Comentarios sobre la involución filosófica de la cultura profesional del Periodismo. Propuesta de recuperación de las discusiones sobre la identidad teórica y científica de la profesión. De cómo el logro de la integralidad en el plan de estudios puede convertirse en una instancia cómoda y estéril. A propósito de la exposición del profesor Nikolaos Chalavazys en la Comunidad Académica de la Facultad, el lunes 13 de abril.

Por Juan José García Posada

Hubo un momento en el discurrir de la visión del Periodismo desde la Universidad en el que se acentuó la preocupación por consolidar una cultura profesional coherente. En la Facultad no sólo no fuimos ajenos a esa corriente sino que dedicamos buena parte de nuestras deliberaciones en la comunidad docente del área a la elaboración de un proyecto mediante el cual se establecieran con claridad las bases filosóficas y metodológicas y la asunción del manejo de las tecnologías, como las tres columnas de esa cultura profesional.

Cito, en particular, el trabajo que emprendimos en el decenio de los noventa desde el Centro de Altos Estudios de Periodismo, Caep. La tarea adelantada produjo resultados tan significativos como la colección de Cuadernos del Caep (en la cual divulgamos reflexiones efectuadas en diversos encuentros sobre la misión del Periodismo en una ciudad conflictiva como la nuestra), los libros de Nueva Historia Periodística (contentivo de la tesis sobre la naturaleza histórica y literaria del Periodismo) y La dimensión hermenéutica del Periodismo y el primer proyecto de posgrado del país para Especialización en Periodismo Electrónico, originado en el Caep y luego a partir del Grupo de Investigación en Periodismo. La Especialización se creó al comenzar el Siglo Veintiuno.

En la Facultad y en el espectro de la formación periodística salíamos entonces del deslumbramiento de la investigación detectivesca y de denuncia consagrada en el Washington Post y el escándalo Watergate, dejábamos un poco atrás las tendencias del Nuevo Periodismo (alentadas en especial por escritores estadinenses como Tom Wolfe y profesores de la respetabilidad de Neale Copple y su Nuevo Concepto del Periodismo) y mandábamos también al sanalejo de nuestra historia particular las digresiones del alemán Otto Groth sobre el La Ciencia Periodística Pura, reunidas en el libro traducido por el profesor español Ángel Faus Belau.

Quiero decir que la reflexión filosófica fue pasando no tanto al olvido como a la condición de disciplina demodé. Si bien es cierto que ha mantenido alguna vigencia la discusión sobre la ética profesional y la deontología, no lo es menos que las cuestiones del porqué y el paraqué del Periodismo han venido siendo minimizadas hasta un extremo tal que tienen prevalencia las preguntas por el cómo, por la metodología y por el uso de las tecnologías. Y en este aspecto es innegable que los avances han sido notorios. Se ha decantado el método de trabajo en la indagación y elaboración de contenidos, se han ajustado las retóricas o los lenguajes de acuerdo con las condiciones de cada medio periodístico y se han generado innovaciones acordes con las novísimas plataformas informáticas, de tal modo que ya no son exóticos ni ajenos los conceptos y las prácticas de convergencia, multimedialidad, polimedialidad y transmedia.

Pero la argumentación por el Periodismo, el fondo dialéctico del problema, las preguntas por la razón de ser, la naturaleza y las finalidades de la profesión son asuntos relegados a un plano secundario. Hoy en día parece casi irrelevante enfatizar en la hermenéutica, en la vocación histórica e incluso en la estética literaria como dimensiones esenciales del Periodismo. Y es obvio que esa subestimación de los elementos principales de la cultura profesional está determinada por presiones externas, por las demandas del mercado, por la competividad mediática, en fin, por tantas fuerzas que gravitan de modo apabullante sobre la profesión. El reconocimiento de estas realidades, de estas amenazas patentes, no tiene por qué ser motivo o pretexto para que los llamados a ampliar las fronteras epistemológicas de la cultura profesional eludamos nuestra misión capital, como profesores y formadores de colegas que deben salir al mundo de la vida blindados para resistir con coraje y entereza de carácter las arremetidas externas. Uno de nuestros deberes primordiales, deberes de ética docente y universitaria, consiste en sostener la búsqueda de sentido que nos compete como garantes de la pervivencia de la misión periodística y de su valoración justa en la sociedad actual.

Hace unos diez años decidí, por mi cuenta y riesgo, matricularme en la Especialización en Ética, luego en la Maestría y después en el Doctorado en Filosofía en la propia Universidad. Ya había realizado mi propedéutica particular con la realización de mi texto de hermenéutica del Periodismo, pero me sentía con derecho a mejorar mi educación. Al principio quise atender la sugerencia de un directivo para usufructuar las garantías que podría obtener del Acuerdo 206. Ni siquiera intenté acoger esa recomendación, al comprobar el desdén con que se observó mi interés en adelantar estudios de posgrado. Y los terminé con la aprobación de todos los cursos correspondientes a la escolaridad, e incluso con superávit de créditos, como puede verificarse al revisar mis calificaciones en el Sigaa. Tengo la convicción de que no perdí mi tiempo, ni mi dedicación ni el esfuerzo económico. Pero sí me desalentó el comentario público hecho por una alta funcionaria en una mañana de reunión del Foro de la Escuela, cuando dijo, en estos términos exactos: “Yo no sé Juan José por qué hizo un Doctorado en Filosofía. ¿Para qué le sirve la Filosofía al Periodismo?”. Por supuesto que me quedé perplejo, no sólo por el irrespeto ante mis pares, sino también por la manifiesta ignorancia de la persona aludida. Sólo atiné a replicarle: “Parece que no le sirve para nada”.

De ninguna manera quiero que se interprete la referencia a esa anécdota como la representación de una actitud generalizada. No. Era muy particular e individualizada. Pero sí refleja de algún modo una cierta tendencia, que ha seguido ensanchándose, por desgracia, a reducir el Periodismo, su cultura profesional y, sobre todo, su fundamentación filosófica, a una categoría subalterna. La percepción de este problema me causa intriga. Y no es una presunción caprichosa ni gratuita. Se acentúa al observar una cierta desvalorización del Periodismo en el entorno social y, valga recordarlo, en el campo jurídico. La sola recordación del fallo de la Corte Constitucional que a fines de los noventa del siglo pasado eliminó la condición de disciplina profesional autónoma y digna de garantías para el Periodismo (contra el mandato constitucional, contra el derecho consuetudinario, contra la tradición y contra las evidencias históricas) ha incidido en la creación de un clima adverso a nuestra profesión. “Periodista ya puede ser cualquiera”, fue la conclusión que sacamos en la Facultad y en el ámbito gremial cuando conocimos aquella malhadada providencia del más alto tribunal constitucional del Estado colombiano. Todo pasó y nada pasó. No fuimos capaces ni en las facultades, ni en las organizaciones gremiales, de controvertir semejante decisión judicial, así tuviéramos la convicción de que era esperpéntica. Y en no pocos medios periodísticos se abrieron entonces las puertas para que ingresaran en las salas de redacción no pocos individuos que proclamaban y siguen proclamando airosos su impostura y su ejercicio de una profesión como advenedizos. De tiempo atrás he lamentado que en el propio entorno de nuestra Facultad a veces queda la sensación de que se muestra una extraña conformidad con esa desconceptuación del Periodismo como profesión porque se le declaró inexequible. Si no tuviera tanta confianza en que la inmensa mayoría de los colegas profesores no comparte esa actitud dañina, no estaría expresando ahora estas razones.

Sí debo declarar, apoyado en la observación y la experiencia, que la ausencia de reflexiones y discusiones sobre la naturaleza filosófica, histórica y literaria del Periodismo, es decir sobre la primera de las tres columnas de la cultura profesional, no sólo se origina en factores externos como los enunciados, sino también y muy en especial, en la comodidad y la complacencia con que hemos aceptado el desplazamiento de esa responsabilidad discursiva al área de Fundamentación y a los investigadores. Durante los meses de elaboración del proyecto de Transformación Curricular replanteé desde la coordinación del área la propuesta de retomar el tema de la Filosofía del Periodismo. Fue escasa la aceptación que recibí. Aunque en el documento pertinente se enfatiza en el tema, es notorio el énfasis en las otras dos columnas, las correspondientes a la metodología y el manejo de las tecnologías, con la incorporación de temas innovadores como la convergencia y la multimedialidad, que de verdad marcaron avances importantes en la orientación de la formación profesional y del pensum, pero dejaron a un lado lo esencial de la deliberación y del proyecto. El año pasado, cuando nos alistábamos para la acreditación internacional por la SIP, escribí un texto que acompaño en archivo anexo.

La bienvenida invención de la integralidad, que hemos venido desarrollando durante largas discusiones y en varias reformas curriculares, y que ha señalado hacia afuera una distinción de la Facultad entre todas las demás y una evidente ventaja comparativa, en cambio para nuestro entorno propio, para nuestras relaciones si se quiere domésticas y rutinarias, se ha convertido en una suerte de instancia cómoda y estéril, en una hamaca en la que descansamos de las fatigas académicas, en primer término de la ardua discusión sobre la Filosofía de la cultura profesional. A mi modo de ver y comprender, hemos llegado a aceptar que la integralidad nos exonera del deber ético de problematizar acerca de lo que sabemos y enseñamos, del porqué del saber y el hacer en el Periodismo. Como si al concentrarnos en la metodología y el manejo de las tecnologías cumpliéramos con suficiencia nuestros deberes.

Es preciso, entonces, que recobremos el hilo de las discusiones en el campo específico de la Filosofía del Periodismo. La integralidad es una cualidad de la Facultad. Debemos fortalecerla con el trabajo teórico, para que no acabe por convertirse en esa cómoda hamaca de la que he hablado. Es una sugerencia respetuosa y afable que dirijo primero a los profesores del Área de Periodismo, a la Comunidad Académica, el Comité de Currículo y la Dirección de la Facultad y que ojalá merezca la acogida de ustedes.

Muchas gracias por leer este escrito. No hablo de la paciencia que hayan podido tener, porque es consustancial a nuestra condición de profesores.
16 de abril de 2015.






miércoles, 8 de abril de 2015

DECIR Y EXPLICAR EL CINE

Por Juan José García Posada

En la presentación del libro Palabras de cine, compilado por la comunicadora y profesora Adriana Mora Arango y escrito por alumnos de Imagen en la Facultad de Comunicación Social Periodismo de la UPB. Duodécimo Festival del Libro y la Palabra de la Universidad. Martes 7 de abril de 2015.

Decir el cine, analizarlo y explicarlo con palabras, así podría comprenderse el sentido del título de este libro, Palabras de cine, que publican la Editorial y la Facultad de Comunicación en su Colección Mensajes. El estudio y la afición al cine han sido inherentes a nuestra formación de comunicadores periodistas. El interés en realizar contenidos que representen la vida y ayuden a la gente a interpretarla, que narren la realidad en su multiplicidad de facetas y faciliten el descubrimiento del porqué de lo que pasa y nos pasa, tiene en el cine una suerte de disciplina acompañante.

La visión panorámica y en perspectiva del periodismo sería incompleta sin el respaldo del arte cinematográfico. La buena comunicación y el buen periodismo encuentran en el cine un saber y un hacer inseparables. Cuando se identifican y evalúan las competencias del comunicador es preciso incluir en esa disposición vocacional no sólo el lenguaje para el buen decir, el buen leer y el buen escribir y la orientación investigativa para llegar al fondo de los hechos, sino también el cine y los recursos audiovisuales para utilizar las formas expresivas que aproximen a la exposición realista de los sucesos, a la creación de imágenes y escenarios apropiados y, muy en especial, al tratamiento humano de los fenómenos históricos del individuo y la sociedad.

Este criterio humanista sobresale en los textos que han escrito los estudiantes de Imagen con la colega y experta en cine Adriana Mora Arango, quien asumió la tarea de compilar esta obra que hoy presentamos en el duodécimo Festival del Libro y la Palabra de la UPB. Evidenciar los significados más sutiles de la obra fílmica para interpretarlos y elaborar textos personales dotados de sentido crítico es un objetivo que se aprecia en cada uno de los artículos. La profesora ha escogido un método que distinguió la acreditada revista Cahiers du Cinemá en el decenio de los cincuenta. Esa publicación y otras que la han prolongado aplicaron tesis y método de la hermenéutica, hasta hacer, como dice Adriana, “una lectura del cine desde las posibilidades ontológicas de su propio lenguaje, para encontrar en él, no sólo sus aspectos poéticos, sino también una reflexión sobre la condición humana”.

La condición humana, justificación de la razón de ser de la comunicación y el periodismo, tan llevada y traída y muchas veces tan reducida a la mínima expresión en nombre de la actualidad y en medio del pandemónium de las noticias, la ha mantenido vigente el cine clásico en las finalidades teóricas, éticas y metodológicas.

Esa resistencia humanista del buen cine es la que nos aporta a los periodistas unos elementos valiosos para la realización de nuestros deberes y funciones. Leer este libro es, entonces, volver a aprender del cine como representación de la vida, de las grandezas y miserias y, en fin, de la condición humana en su pleno sentido, por medio de quienes lo analizan e interpretan.

En mi condición de profesor de Periodismo argumentativo, o de opinión, he enfatizado en la dimensión hermenéutica de nuestra actividad, así como también en su naturaleza histórica y su estética literaria. Opinar es no sólo acreditar la individualidad crítica sino, además, generar un círculo hermenéutico, un diálogo de horizontes, una secuencia de interpretaciones sobre interpretaciones previas en la que participen interlocutores o intérpretes reales o potenciales, presentes o virtuales.

En la unidad del curso atinente al análisis y la crítica sobre el discurrir de la vida cultural (entendida la cultura como aquello que nos hace mejores como seres humanos), el modelo del comentario sobre la producción fílmica es esencial en la formación de criterio, en la asunción de responsabilidades éticas y en la aplicación de un método que de verdad acredite nuestra competencia como buscadores de sentido.

Por estos y otros motivos que no alcanzo a explanar porque no caben en los límites de este breve preámbulo, invito a los colegas estudiantes y profesores y a los buenos lectores en general a leer esta obra, Palabras de cine, que fortalece el diálogo de saberes en la comunicación y las ciencias sociales y humanas.

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domingo, 22 de marzo de 2015

El nuevo libro de Gossaín

LA MEMORIA DE UN ESCRITOR
Y REPORTERO VIGENTE

Por Juan José García Posada

Este libro del periodista Juan Gossaín, La memoria del alcatraz, es la confirmación plena de que ni el trabajo exigente en la radio noticiosa, ni la obsesión de muchos años por la misma noticia han causado deterioro en el escritor y su estilo. Hace más de cuatro decenios, Gossaín escribía primero en El Heraldo de Barranquilla y después en El Espectador. Era, ante todo, el cronista imaginativo, que sin sacrificar lo nuclear de la información de actualidad, marcaba la calidad de sus textos con un componente estético propio del narrador que disfruta con la creación de escenarios, el bosquejo de semblanzas de personajes de diversos planos y sin perder el polo a tierra señalado por la constancia del aquí y ahora, inseparable como cualidad, a veces como un mal necesario, del periodismo informativo.

En Gossaín se ha verificado y sostenido a lo largo de los años la dualidad entre el hombre de radio y el hombre de prensa escrita. Por mucho tiempo era la voz que despertaba a millones de oyentes en las madrugadas con el relato de los hechos del amanecer, pero siempre, desde el micrófono, tuvo la habilidad de hacer pausas refrescantes, para dedicar algunos minutos amables al recreo con la anécdota, el chascarrillo, la curiosidad histórica, la referencia a cuestiones que podían apartarse de lo actual pero no carecían de interés y atractivo.

Un periodista humanista no puede concentrarse sólo en la superficialidad y la insustancialidad de la noticia porque se convierte en víctima de los mismos acontecimientos. Muchísimas vocaciones se han malogrado cuando la avalancha de los sucesos envuelve y arrastra a los reporteros y les impide ver la vida, narrarla, interpretarla, porque les enajena el criterio selectivo y la capacidad de ir más allá en el tiempo y el espacio en la búsqueda de antecedentes y la auscultación de consecuencias y, más todavía, en la decantación de un estilo que mantiene la naturaleza del periodismo como género literario.

“Lector, buscador de historias, conocedor y centinela de la lengua, amante del mar y los recuerdos, crítico y doliente de un país cuya mayor miseria es la corrupción, pero sobre todo un gran narrador, eso es Juan Gossaín, autor de las crónicas que se compilan en este libro”, dice en la nota de presentación de los editores de Intermedio y El Tiempo.

Gossaín, retirado ahora en Cartagena de los afanes noticiosos, pero no de la realidad del país y del mundo, en este libro vuelve por los fueros del reportero y el narrador que se anunciaba hace unos 40 años cuando publicó La mala hierba. Esta obra, Memoria del alcatraz, se lee a veces como si fuera una novela, o una selección de cuentos, por el lenguaje reposado y luminoso del autor, pero al reeditar trabajos de información y denuncia (como los que muestran el engaño a los pensionados, el saqueo de los recursos de la salud, por ejemplo) mantiene despierta la conciencia del lector.

El pensamiento crítico, tan venido a menos en no pocas situaciones del periodismo actual, cuando se muestra complaciente y consensual, no sólo debe ser atributo del comentarista y el ensayista sino también del reportero agudo y el narrador que profundiza en el sentido oculto de los hechos en busca de la mejor aproximación posible a la verdad y el apartamiento al máximo del error.

Este libro de Gossaín tiene momentos para los relatos y las reminiscencias, para la evocación de personajes y para el señalamiento de los vicios y perversiones que abundan en este país. Contiene escritos sobre gente e historias de la Colombia pintoresca, denuncias sobre corrupción e injusticias y daño ambiental, páginas sobre los días y la vida, una ingeniosa y agradable sección dedicada a la lengua y el lenguaje y las historias de personajes sobresalientes. El periodista escritor de siempre aparece en cada una de las 304 páginas de esta obra digna de ser compartida con los oyentes y los buenos lectores.​


(Leído en el Coloquio de los Libros, por Radio Bolivariana, el sábado 21 de abril).